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Paz: teoría y práctica

Juan David Ochoa
12 de febrero de 2016 – 09:17 p. m.

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El comité noruego ha hecho sus postulaciones al premio Nobel de Paz, y entre los nominados van las más de doscientas sugerencias alternas que recibe el comité desde todos los rincones del planeta con argumentos estrambóticos o bien argumentados para merecer un galardón extraño.

Ha sido siempre el premio más polémico entre todos los premios Nobel existentes, y lo ha sido porque el término parece ser más una quimera y un delirio que un término comprobable. Nunca ha habido consenso general o aprobación unánime en los años en que el comité ha entregado el nombre del merecimiento, y siempre han saltado los indignados desde el rincón del desconcierto para desaprobar el nombre en cuestión, por todas las razones posibles y desde todos los bandos existentes del supuesto bien y del supuesto mal de las moralidades con que este mundo partido en hemisferios concibe y entiende la verdad y la vida. Sucedió con el premio a Henry Kissinger por el acuerdo de Paris para el cese definitivo de fuego en Vietnam, aunque fuera el vocero insidioso de otras acciones no muy pacifistas en el oído de sus presidentes dóciles. Sucedió con la Madre Teresa de Calcuta por su dirigencia con las misioneras de la caridad, aunque la caridad estuviera plagada de concepciones moralistas sobre el sufrimiento, y sucedió con el célebre Mandela, quien obtuvo el premio junto al último representante legítimo de la Sudáfrica del apartheid, Federik de Klerk, y con Yasirr Arafat, y con Mijaíl Gorbachov, y con Obama, la lista es pomposa y simpática, y todos, desde algún ángulo argumentativo, aunque sus otras facciones no sean tan prístinas como suele suceder con la humanidad entera, han contribuido a una mutación social o a una interrupción de temporadas más oscuras.

Entre los postulados al próximo premio Nobel de Paz resuenan el Papa Francisco, el economista Herman Daly, Nadia Murad, víctima de la explotación sexual entre las filas de ISIS, Angela Merker, y un bloque conjunto representando el proceso de Paz de Colombia: Juan Manuel Santos y Timochenko entre un grupo de víctimas de bando y bando.

El escándalo esperado estalló. No es posible, dicen, que un criminal como Timochenko pueda llevarse un Nobel, y no es posible, gritan halándose los cabellos, que puedan llevarse un Nobel quienes han arrasado durante tanto tiempo un país bañándolo en sangre. La respuesta es práctica y no nebulosa como el término Paz que nadie entiende de forma exacta, porque no es un término real, sino simbólico.

El premio Nobel en este contexto nunca ha sido para quien haya logrado el pacifismo absoluto en una comunidad o en una nación, sino para quien haya intentado congruentemente reducir ejércitos enfrentados, prejuicios arraigados hasta las arterias, o combustibles ideológicos alzados en armas. Por eso no resulta un exabrupto que los integrantes del proceso de Paz sean postulados, y tampoco resultaría inconcebible si lo obtuvieran. Los procesos de paz son intentos prácticos de aterrizar hasta donde se pueda esa presumida burbuja del término, y son intentos comprobables de una voluntad conjunta para finalizar una guerra, aunque la guerra haya sido una estercolera de hediondez donde todos pescaron y comieron de sus propios muertos. Por eso postulan también a un grupo de víctimas como un bloque evidente de superación del resentimiento, y por eso postulan a los dos enemigos ancestrales, porque no son ellos los nombres exactos y reales del conflicto, sino los representantes de una vieja sevicia entre el Establecimiento, que creyó que podía gobernar desde el arribismo un día cualquiera, y Las Farc, que creyeron que podían ejemplarizar a bala. Los dos bloques entendieron, derrotados, que la única opción es el diálogo, y esa intención, interesada o no, es un acto pacífico.
 

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