Pederastia y sacrificio

Juan David Ochoa
17 de febrero de 2017 – 09:00 p. m.

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El representante del Vaticano ante la ONU, Silvano Tomasi, entregó dos años atrás un reporte sospechoso y una explicación mediocre sobre las acciones tomadas por la institución al interior de sus escándalos y sus delitos.  Y fueron sospechosos y mediocres porque las cifras y la argumentación sobre las reprimendas a sus pederastas no coincide con los números de las investigaciones independientes a la manipulación del poder implicado, ni con el mundo real, en que la justicia debe funcionar de forma práctica, y no con condenas simbólicas de meditación al otro lado del planeta para merecer un perdón metafísico.

La iglesia Católica sigue tomando un escándalo horrendo con pinzas frívolas. Sus intervenciones ante cada denuncia o flagrancia son aún más insultantes, y lo reiteran con el cinismo de una imposición sacrosanta sobre los problemas del mundo al que siguen considerando distante, lejos de su infalibilidad, acudiendo todavía a la salvaguarda de los juramentos antiguos para encubrirse y no untarse de las impurezas del mundo y sus injurias, aunque en los sótanos y en los cuartos de las parroquias sigan sobornando a niños para reivindicarse con la carne.

El Papa Francisco, en sus rebeldías simbólicas, sigue indignándose con cada nuevo centenar de víctimas registradas en lugares alejados de sus redes de comunicación y del trabajo de sus abogados más fieles, pero su impostura se estrella permanentemente  con el nuevo manual de instrucción de obispos recién ordenados, en el que explícitamente se incita a guardar silencio frente a los casos que oscurezcan el renombre de la institución, con un eufemismo diplomático: solo las víctimas deben hacer sus denuncias ante las autoridades respectivas. Los obispos no tienen la obligación de reportar, y deben concentrarse en su vocación.  

Cuando los casos son tan evidentes y el rumor empieza a crecer alrededor de la parroquia implicada en abusos sistemáticos, la reprimenda de la arquidiócesis local no va contra su victimario sino contra sus víctimas. El párroco en cuestión es trasladado de sede, evitando el escándalo público y la acción judicial que podría ser efectiva si la denuncia proviniera directamente de la Jerarquía, que se muestra tan compungida cuando los casos se hacen mediáticos para unirse a la ola de escándalos de los curas pederastas del momento.

Con el mismo cinismo y la misma insolencia sacramental, respondió la Arquidiócesis de Cali ante la petición de reparación económica hecha por las familias de las víctimas del sacerdote William Lazo, acusado de violación a cuatro menores de edad. La respuesta de la Arquidiócesis no tiene matiz ni preámbulos: la culpa principal cae en las propias familias por descuido de los menores, dice el abogado portavoz; por laxitud, por permisividad y abandono. Con esa respuesta revictimizan a los destruidos, y envían un mensaje delictivo a una comunidad educada en la delincuencia pública: no repondrán a las víctimas de una tendencia delictiva institucional, no seguirán pagando impuestos, y no dejarán ensuciar su nombre de ninguna autoridad, pese a todas las consecuencias.

Pareciera que después del imposible ocultamiento de la podredumbre, la institución quisiera argumentar con los últimos misterios abstrusos de la fe para justificar la vileza: pronto querrán alcanzar al humor negro en un comunicado oficial que describa la violación como un sacrificio del cuerpo para afinar las ambigüedades del espíritu.   

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