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Pulsión de Historia

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Aunque el denominador común de un país amnésico no haya tenido nunca en cuenta la Historia local y universal para entender el entorno o para entenderse, la Historia continúa.

Lo ha hecho siempre sobre todos los cuerpos de los muertos y los sátrapas que cayeron también en la hipnosis del absolutismo mesiánico, borrándolos de un tajo con sus cruces y sus báculos y sus sistemas y sus dogmas a la sombra de la última insignificancia. Y aunque todo pareciera desaparecer en la profunda decepción de las voluntades, el tiempo continuaba y continúa con lo que queda de humanidad o de soberbia. Continuó después de Nerón y del incendio de Roma, que más que perecer en un incendio desapareció bajo la humillación del poder infinito y patológico. Continuó, aunque la era precopernicana haya caído con el propio peso de su falsedad; Continuó después de Mayo de 1945, cuando desapareció de la faz de la tierra media Europa, cuando toda la estructura anterior de una tradición se hizo polvo literal; y continuó después la caída del imperio Soviético en sus mismas tierras, aunque el sistema paradigmático de la realidad haya huido por las rendijas del viento como el fantasma que fue, como el fantasma que es el mundo en la oscuridad universal que nadie entiende, como los fantasmas humanos pretenciosos que siguen fundando ismos, bendiciéndolos con sacralidades inventadas, aunque se mueran todos en un fatalísimo instante y para siempre, sin opción a la prórroga, sin retorno y sin la gracia de haberse entendido nunca en ninguno de sus dogmas.

La pulsión de la Historia, con todos sus siglos a cuestas sigue ahora aunque los diálogos entre las viejas ideas enemigas se reconcilien y dejen a todos sus ejércitos pasionales sin trabajo y sin rugidos. Se ven perderse en la sombra del tiempo con sus banderas de reticencia y de furia, con sus marchas de negación, con sus boicots inútiles y sus babazas de resentimiento inundando el pasado que ya es; esa historia en que se bañaban y jugaban en sangre los sacerdotes que negaban la oficialidad de la libertad y de los sexos y los zambullían en sus calderas sagradas.

La exclusión pierde todos sus discursos, los sacerdotes del rencor no tienen opciones en los nuevos giros, y la Historia seguirá aunque los indignados ladren por las nuevas banderas que aparecen defendiendo el ecumenismo que las religiones ampulosas nunca practicaron, aunque se jactaran siempre en sus concilios de una universalidad humana sin sustento y sin carne. Nunca hicieron el trabajo que debieron hacer con la fragilidad de los vástagos que obnubilaron desde siempre, y como sucede con la leyes imparables del tiempo y su biológica exclusión, esa sí natural contra los inadaptados, se asfixiarán en su propia imposibilidad a vivir en los tiempos de la tolerancia junto a todos los que no acepten ahora lo natural y lo obvio: la defensa básica de todos los derechos.

La Corte Constitucional, una vez más, le entrega el paso al curso de la Historia; aún infantil, tímida y lenta.

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