Sabotaje

Juan David Ochoa
03 de agosto de 2018 – 11:45 p. m.

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El uribismo conoce los recursos más sólidos para disuadir escándalos y despejar las nubes de la opinión desde los tiempos en que la justicia empezó a decidir sobre los largos suburbios de sus delitos. Lo hicieron muy bien cuando la Corte Suprema de Justicia condenó a Mario Uribe por sus vínculos directos con pistoleros, y cuando el séquito más puro del partido empezaba a caer en los procesos y fallos que ratificaban los trabajos conjuntos con la mafia y el paramilitarismo. Fueron los más efectivos generadores de ruido y desgaste contra las altas cortes y toda sala penal que se atreviera a juzgarlos; hicieron de su partido un bloque sacramental e incuestionable que actuaba en coordinación solemne para defender su pureza contra toda justicia, y perfeccionaron el más directo de los métodos para convencer al público abierto de su inocencia perpetua: la tergiversación y la vulgaridad, la reacción más impulsiva y baja para generar afinidad con los bajos instintos de una historia educada en el resentimiento.

A una larga semana después del llamado a indagatoria a Álvaro Uribe Vélez, el ruido lo tienen nuevamente controlado y dirigido; los nubarrones mediáticos que empezaban a cubrir la noticia concreta de los graves delitos por soborno y fraude procesal, y las andanzas posteriores de abogados de la mafia por las cárceles del país para intentar salvarlo a toda costa y sacrificio, ahora cubren la bipolaridad de un político que conoce como nadie la superficialidad natural de un país frente a los hechos simples y concretos: su renuncia al Congreso por impedimento moral, su retorno por orgullo y honra, su tristeza misteriosa y su bravura. Sabe perfectamente que el desconocimiento general sobre los tecnicismos jurídicos es superado fácilmente por un espectáculo político que contenga, como lo exige un buen guion enfocado a la tensión para el divertimento continuo, sufrimiento y triunfalismo, depresión y solemnidad; los mismos picos y los valles que sostienen la atención y despejan los ruidos externos.

Pero esa insistencia vulgar  por desprestigiar la justicia cae bajo el mismo peso de sus sabotajes, porque fue a esa misma Corte a la que acudió el expresidente para que investigara a su archienemigo por una ya juzgada inexistente manipulación de testigos; porque esa misma Corte fue la que aplaudió cuando absolvió al general Plazas Vega, el  símbolo atemporal de su teoría política; porque la admira cuando condena a sus contrincantes y la denigra cuando persigue a sus súbditos y ofende su orgullo plenipotenciario. Sus inconsistencias son tan ordinarias como su postura ante la Historia y ante la verdad, sus dilaciones son tan desesperadas como sus discursos. Ya va siendo cada vez más frágil su pantomima de poder que lo deja ahora en evidencia cuando acude a los recursos más bajos para intentar ocultar el desborde delincuencial que lo empieza a absorber con sus viejas alianzas deshechas y sus viejos favores incumplidos y sus antiguos sirvientes olvidados. Por ahora le teme más a Juan Guillermo Monsalve, testigo que sigue sin dominar. Los demás están muertos.

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