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La única película que transmite temblor y trascendencia entre las nominadas, sobre las ya sabidas virtudes estéticas y diametrales del uso del espacio-tiempo que exige el famoso modelo representativo institucional de la industria, es Spotlight, título traducido en Hispanoamérica a un burdo y predecible En Primera Plana, que no hace más que restarle el contexto, la dimensión y el objetivo central de Thomas McCarthney para transmitir la contundencia del grupo de investigación estrella del Boston Globe.
Su nombre era justamente ese, Spotlight. Se alzó con el premio Pulitzer en 2003 por la publicación del caso de casos en el periodismo contemporáneo: la implicación masiva en pedofilia de un número escandaloso de curas de Boston que habían sido encubiertos por el Vaticano en una campaña de silencio y una sistemática organización de impunidad que no soportó una investigación minuciosa, y que terminó restallando en un escándalo que ha venido cayendo en un efecto dominó sobre todos los estados y los rincones del mundo conocido, sin que suceda en términos prácticos nada contra el sistema de la institución, pero permitió que la invisibilidad de un drama ocultado por décadas se hiciera público, y que la infraestructura de un modelo criminal se rastreara hasta identificar más de mil casos en un margen de tiempo mínimo.
La película merecerá el galardón si Los premios Oscar esta vez son coherentes con su zigzagueante tendencia a premiar las producciones contundentes. Sí no lo obtiene, como suele suceder con las películas polémicas y trascendentales en los otros ciclos extraños del jurado, no dejará de ser la gran película del año en cuestión, muy superior a la efectista producción de Iñárritu y a la espasmódica y friki Mad Max.
Su elenco, entre otras virtudes, cuenta con una brillante actuación inesperada de Mark Ruffalo en el papel de un reportero desesperado por la investigación que va tomando forma y pulso en el escándalo que parecía en un principio un descubrimiento común entre los dramas humanos, y con la siempre descomunal actuación de Michael Keaton, quien interpreta el papel del equilibrio entre una investigación al borde de la histeria y del abismo.
Fuera de los criterios cinematográficos, no podrá eludirse la dimensión del drama que la película reitera en un caso que tuvo su impacto y sus repercusiones merecidas hasta donde el tiempo y la justicia pudieron, pero que ha venido perdiendo importancia y visibilidad por las ya conocidas estrategias de presión y control que una institución omnipotente desde todos los siglos ha usado para blindarse. Los métodos de traslado de curas pedófilos alrededor del mundo son flagrantes, hacen parte incluso de una instrucción papal aprobada en 1962 por Juan XXIII, llamada suciamente Crimen Sollicitationis, en la que se ordena mantener en silencio absoluto todo indicio de incriminación a cualquiera de sus ministros so pena de excomunión.
El cardenal Bernard Law, implicado entre los casos evidentes de Boston, se encuentra actualmente encubierto por la curia en la sagrada Roma con un blindaje jurídico y jurisdiccional, y bajo el silencio continuo el Papa Francisco, que sigue haciendo piruetas de bromas y rebeldía sin que su efecto revolucionario tengas tintes prácticos en el mundo tangible, donde las víctimas siguen pidiendo la contundencia de su trabajo.