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Tejer la muerte

Juan David Ochoa
14 de octubre de 2016 – 09:00 p. m.

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En una acción artística de duelo, sobre la plaza de Bolívar, se tejieron los nombres de 1.900 víctimas con inscripciones en ceniza tras la propuesta de Doris Salcedo “Sumando Ausencias”.

Un manto blanco cubre la extensión de la plaza desde todos los frentes, y desde todos los ángulos pueden verse los nombres de los muertos allí, recordados y cosidos por la fragilidad de los que quedan para ajustar las dimensiones rotas de la memoria.

Que la obra se extienda precisamente en la Plaza de Bolívar toma otra dimensión. Fue allí donde murieron fusilados también los independentistas en el mismísimo inicio de la historia oficial de esta república que no termina aún por definirse entre la vaguedad de su desprecio; allí cayeron Policarpa Salavarrieta y Alejandro Sabaraín, José María Arcos, Camilo Torres Tenorio, y todos los nombres silenciados y las montañas de cuerpos que dejaron las penas capitales de la Nueva Granada y de esa maternal Patria Boba que acabó por intensificar todo el trastorno.

También fue allí donde mataron con hachas a Rafael Uribe Uribe mientras subía las escaleras del capitolio, y fue el mismo lugar al que llegó la furia del Bogotazo que venía arrastrando la impotencia y su rastro de sangre cuando la muerte de otra esperanza  no pudo soportarse más. El mismo lugar que tronó con los muertos y los cañones de la toma del palacio de Justicia y sus torturas de rescate en el patio de la casa del Florero, el mismo lugar en el que velaron en público al humorista más inteligente de este siglo de asesinos, el mismo lugar al que llegaban los paramilitares nocturnos cuando el Estado se vendió de nuevo a los suburbios del crimen, el mismo lugar donde llegaban cíclicamente las familias de los secuestrados a exigir respuestas y progresos del tiempo, el mismo donde se concentró el asombro después de que otra posibilidad de futuro se cayera en un plebiscito tomado de nuevo por las ruidos del terror.

No es un lugar común. Tampoco es un lugar común coser los nombres de los muertos para recordarlos cuando facciones del poder quieren borrarlos de nuevo como a las pilas de cuerpos fusilados que acostumbró la tradición a olvidar como se olvida una palabra, como se olvida el nombre de una calle común donde murió un cuerpo cualquiera, como se olvida una realidad trivial de un país sin versiones ocultas.

Este país está contado desde la muerte y por los muertos, tiene la carga de la pólvora que se extendió desde la misma plaza de Bolívar hasta los últimos bordes de su realidad.

Después de soportarlo todo, incluso la extrema realidad de una resistencia al exterminio, nos queda lo simbólico, el último recurso de la fragilidad en el último plazo del tiempo: tejer la muerte en público como una humillación y un desagravio, como una contrición y un duelo por continuar aún el círculo brutal que nos insulta. Tejer la muerte como la última virtud, antes del último delirio.

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