Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Esa otra versión del muro, ese otro espejo de la vieja Guerra Fría, ha caído también.
Y aunque el anuncio de Obama parezca súbito y el discurso de Raúl parezca tan digno, el desenlace que trasladó las atenciones de la vida común a las dimensiones históricas del mundo por el desembargo a la Cuba legendaria, se veía venir. El mismo pulso del tiempo hablaba por ellos.
La asfixia progresiva del castrismo en la presión internacional, junto al derrumbe desastroso de su tanque de oxígeno en Caracas, preveían un plan B desesperado para salvar la honra de la isla, aunque ese plan estuviera en las manos de su misma némesis. Muchos fueron los esfuerzos de los Castro en diplomacias silentes para que los Estados Unidos levantaran la venganza económica, que según sus propios discursos, eran la causa principal de la falta de recursos para una revolución más pulcra. Obama, por su parte, asfixiado y presionado por el tiempo que empezaba a cuestionarle su exceso de romanticismo inicial y su corto alcance en lo pragmático, necesitaba de hechos rimbombantes para salvar su aureola demócrata, y revelarse así como una antítesis clara de los republicanos ortodoxos.
El discurso de Obama en el que ratifica el desembargo conservó la retórica de las ideas humanistas, pero ésta vez estuvo ligado a hechos concretos, y no futuristas ni emocionales como los viejos emitidos desde la esperanza, justamente por los que estaba empezando a ser despedazado por la oposición. Quiéranlo o no los cubanos exiliados en Miami y los esbirros de la ultraderecha en Suramérica, la razón fundamental del desembargo es cierta: El único recurso que permitirá un acercamiento de Cuba a las discusiones humanitarias y progresistas del tiempo será incluirla en los consensos colectivos actuales, tumbando el sesgo y los títulos anacrónicos de comunistas fatales y capitalistas sin corazón.
Los alegatos de los detractores del régimen aciertan también en un aspecto del asunto: Cuba no ofrece ni propone nada frente al desembargo; los presos políticos siguen allí aunque Alan Gross haya sido liberado bajo el esplendor de la noticia. Pero el único medio de impulsar futuros desescalamientos de esa dictadura es acercarla al mundo, y no excluirla del contexto, como se había hecho en inquebrantables 60 años de reverencias de odio.
Es una obviedad el reniego ante el comunismo después de que todos los sistemas pretenciosos cayeron implosionados por su misma ingenuidad. El tiempo siempre los presiona hasta volverlos al cause mundano de la competencia, y la Isla que hizo leyenda en la versión adversa de los otros totalitarismos de sangre también vuelve ahora, paulatinamente, aceptando un intercambio de intereses y futuros mercados con el chivo expiatorio de todas sus desgracias.
En la próxima década los hermanos Castro estarán muertos, y ese medio siglo de congelamiento temporal entre el ardor de los abismos del mundo será un recuerdo nostálgico de ese otro intento de los hombres por perpetuarse en el poder desde las utopías. El tiempo ya estará saneando los rencores, y los tiempos libres estarán abriendo una nueva ingenuidad entre las nuevas esperanzas.