Un fantasma en el Ejército

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Otra vez, como en la condena de un eterno retorno de escándalos sin responsables ni castigos, aparece de nuevo la presencia fantasmal que ordena infiltraciones ilegales contra enemigos del caudillo que siempre se ve, curiosamente, beneficiado con las chuzadas en la sombra. Y sale de nuevo el ministro de Defensa del momento, Carlos Holmes Trujillo, como lo hicieron sus anteriores ministros, a defender la institucionalidad y a conmover sus gestos por el espanto y la incredulidad por las acciones peligrosas del Ejército contra periodistas, políticos opositores y defensores de derechos humanos. “No puede ser”, dice el ministro estupefacto, “que se cometan actos abominables que deshonren una empresa de gloria y sin tacha por todos los siglos. No puede ser que el lema de la defensa a la nación se perturbe en estrategias de persecución sin fundamento”. Habla siempre muy bien el ministro Trujillo, heredero de la oratoria de su padre y de una retórica poética prodigiosa para engañar y evadir responsabilidades políticas con delicadeza. Pero nunca responde nada ante preguntas concretas, y le entrega la palabra al general Zapateiro, comandante de todas las fuerzas, para que conteste estrictamente por las brigadas y guarniciones que están a su cargo y que responden por la vida y la seguridad de todos, pero tampoco lo hace.

Las alocuciones van desde la Presidencia, que se escuda ahora en una emergencia sanitaria que le excusa su aparición y protagonismo, hasta los últimos nombres de la jerarquía del mando y del poder, sin que nadie pueda dar visos de un entramado profesional con las últimas tácticas modernas del espionaje. EL general Zapateiro responde recio al lado del general Navarro, y dicen al mismo ritmo, como un himno marcial, que no saben de dónde pudo surgir semejante operación a gran escala y que se tomarán las medidas ejemplares con los implicados. Es extraño y sorprendente que el Ejército tenga un bajo mundo de espías y de aparatos ultrasensibles a todas las ondas lejanas de información relevante, pero que no puedan ubicarlos ahora que han dirigido todas las fuerzas y su profesionalismo táctico entre sus mismos dormitorios. Ya tienen la suficiente experiencia en contraespionaje para decir ahora que no pueden entender cómo ha surgido un monstruo demencial en sus entrañas sin haberlo anticipado o detenido antes de sus estragos, pero el asunto es que tampoco sucedió nada cuando los primeros ministros del caudillo, beneficiado por la información, recibieron la orden de castigar con todo el peso de la ley a los insurrectos. La estrategia ha consistido siempre en llamar a calificar servicios a los mandos medios sin relevancia, y calmar paulatinamente el escándalo con pequeñas purgas sin trascendencia. Mientras los siguen buscando, como lo hacen desde los primeros años del gobierno implicado, las víctimas de las interceptaciones siguen apareciendo en carpetas entregadas a un fantasma que se pierde entre la niebla del misterio, y no hay ejército ni institución en Colombia que pueda nombrarlo ni reconocerlo desde los tiempos en que el Estado sucumbió a los nuevos intereses del fascismo.

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