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Cuando la prensa lo acorrala en la avidez de registrar el boom de sus respuestas, y le lanza el listado de los temas capciosos; legalización de drogas, matrimonio igualitario, independencia estatal de toda religión o uso recortado de su sueldo, Mujica hace la misma expresión; el gesto de la sensatez desnuda que se niega creer que alguien insista en lo contrario.
Comprime sus cejas empolvadas por los años duros, y responde lo que piensa sin la abstrusa introducción de la perfidia.
Hasta hoy continúa anteponiéndose a la cínica tesis de los cavernarios. Lo hace sin desfachatez ni populismo. Destroza la idea que cree contraproducente la ruptura con la tradición y las costumbres por la otra idea falsa e ilusoria de creer que Suramérica es aun un territorio imposibilitado a fomentarse en el liberalismo mental, ajeno al yugo de la cruz y a la moral, que en términos prácticos resulta siempre doble y suicida para deducir el amplio espectro de los hechos.
Sin el temor de un presidente común a perder el respaldo de alguno de los bandos de su territorio (mina de votos) por su discurso concreto, dice abiertamente lo que todos dicen en susurros por miedo a revelar una obviedad que contradice los tratados impostados: que la drogadicción difiere de la bestia atroz del narcotráfico. Que nunca pueden confundirse. Y que si bien la primera sugiere un drama de salud pública tratable, la segunda es un drama de sangre desbordada que se cuela entre las leyes con sus muertos y sus brazos triturados y sus cráneos y sus bolsas de millones seductoras a todo arribismo. Y que la única estrategia eficaz es el control legal desde el estado.
Y sigue respondiendo; que el matrimonio igualitario es el aval de una básica y simple tolerancia a las comunidades marginadas por los fanatismos. Que homosexuales bisexuales, lesbianas y travestis siempre han existido, y que merecen ser reconocidos por el código civil sin restricciones. Que en los estados laicos, por pudor y por decencia, ninguna religión debe tener poder de decisión en las acciones gubernamentales, ni prioridades, ni cercanías a programas internos, porque el poder actúa en la generalidad de los contrastes y responde a las diferencias sin el prejuicio de los templos enemigos.
Y continua; y dice que dona el noventa por ciento de su sueldo a construcciones de vivienda o a proyectos sociales, porque su vocaciones es real, y porque la política no es más que otro ángulo del humanismo, y no la ostentación ni el pavoneo de la omnipotencia.
Sigue siendo anómalo José Mujica. Un espécimen extraño que repite, a micrófono abierto, los arranques de su sensatez mientras la diplomacia gruñe, se muerde su disfraz, y agacha la cabeza.