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Iván Márquez, al frente de un grupo armado con viejos nombres conocidos, ha declarado el retorno a las armas y una declaración frontal de guerra contra las élites y las clases dirigentes de Colombia. Un escenario predecible por los mismos antecedentes reaccionarios y radicales de quienes aparecen en el video en cuestión, y por la misma traición y negligencia del gobierno de turno ante un posconflicto que debía resguardar con garantías pragmáticas. Es una nueva tormenta perfecta que repite la historia entre espejismos y pesadillas de una eternidad sin un próximo fin en el siglo. Es la misma historia de las guerrillas liberales de Guadalupe Salcedo traicionadas en su retorno a la vida civil, la misma historia del M19 y sus cerebros acribillados por las balas del paramilitarismo, la misma historia de la Unión Patriótica y sus candidatos que representaban la alternativa política de sectores que solo pudieron ejercer sus posiciones en la marginación. El escenario era previsible por el constante saboteo del uribismo al progreso legal de los acuerdos y por el fanatismo de esa ala enferma de las Farc que no ha entendido aun su inviabilidad en la beligerancia.
Mucho más temprano que los pronósticos y todos los análisis, las dos facciones colisionarían de nuevo y el curso de la historia seguiría su tradición: un reciclaje del conflicto con otros nombres y franquicias que seguirán aduciendo argumentos históricos, aunque la niebla de la eternidad los anule cada década y lustro. El discurso de Márquez legitima el único argumento del gobierno al entregarle, una vez más, la bandera de la confrontación que los hizo célebres. Una política de muerte sin fin que les dará protagonismo y posicionamiento en sus inversiones exclusivas al refuerzo de las tropas y a la moral de una política militar. La torpeza de esa elección es aún mucho más grande que todas las torpezas históricas en sus años de guerra. Aunque puedan aliarse con bloques del Eln y disidencias que estaban esperando una dirección, su recursos logísticos son evidentemente menores y su posibilidad de reagruparse para demostrar la fuerza y la imagen de sus años de impacto internacional es nula y raya en el suicidio. El uribismo aprovechará la improvisación de sus medidas para atacarlos y alcanzar por primera vez los resultados concretos para formalizar su imagen desprestigiada de firmeza. Un pez gordo muerto y expuesto para el morbo mediático y la opinión de sus bases electorales será la fórmula perfecta para su próxima relección, y la baja de los tres nombres de guerra (Márquez, Santrich y El Paisa) será la síntesis de su slogan perfecto que venderán como una victoria militar definitiva, legitimando en sus electores la negativa radical a toda concesión y reconocimiento del partido que los representa en el Congreso.
Fueron efectivas sus estrategias de boicot junto a la Fiscalía General para amedrentar toda la atmósfera en la recaptura absurda y temeraria de Santrich en las puertas de La Picota, y sus performances de transacciones con funcionarios de la JEP. La puesta en escena del desprestigio cumplió los efectos progresivos de una sospecha de los reinsertados ante la legalidad, y ahora tienen los nombres más mediáticos para exterminar al otro lado de la selva, una zona de confort para demostrar sus únicos recursos de legitimidad en el poder.
No deja de ser realmente grave que el rearme cuente con el tiempo suficiente para consolidar una estructura que aparezca de nuevo en pocos años como un monstruo desbordado, dispuesto a destruirlo todo, y reacio a dialogar para siempre por la gracia de un partido que prefirió la defensa a muerte de sus tierras a un tratado que despejara otro futuro.