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Votos Vergonzantes

Juan David Ochoa
21 de octubre de 2016 – 09:33 p. m.

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En silencio, con la complicidad oculta y oscura de una gran comunidad arropada entre lo prohibido y lo que llaman necesario para aplacar la culpa, deciden optar por el teatro y seguir las corrientes éticas por conveniencia aparentando obedecer la corriente tribal: saben que si hacen pública su intención de voto por sociópatas serán juzgados igual por empatía, saben que pueden estar errados entre las leyes comunes, pero algo les parece excitante en la posibilidad de ver arder al mundo.

En una especulación superficial, podría decirse que los eventos democráticos que han decidido giros extremos alrededor de la tierra responderían a un cansancio feroz del público frente a la cotidianidad de una tradición política cebada entre la hipocresía y la sagacidad para mentir con clase y sin escrúpulos. Podría hablarse de un punto de inflexión desde el límite de los límites de la paciencia hacia el barranco de lo incierto aunque parezca peligroso, por puro vértigo, por pura curiosidad humana entre el nihilismo y el sopor.

Sucedió en el Brexit; el lunático Boris Johnson, exhausto entre el aburrimiento de las posturas correctas, hizo de su espíritu la mejor versión de un payaso apocalíptico para alejar al Reino Unido de la plataforma continental con argumentos de sirena. Previo al día del referéndum, el caso parecía un chiste cruel y una más de las anécdotas cómicas de esta improvisada especie, fuera de todos los pronósticos, lejos de todos los estudios estadísticos, aislado de todos los círculos de la lógica.

El resultado de la votación fue el shock del mundo. Quienes votaron a favor de la desconexión lo hicieron en silencio, con la complicidad oculta y oscura de una gran comunidad arropada entre lo prohibido y lo que llaman necesario para aplacar las culpas,  aunque en los días siguientes se golpearan la frente viendo el abismo irreversible, pero sintiendo algo real, por fin; la sensación de un golpe histórico, el ruido excitante y aterrador de un giro, la explosión y el fin de la costumbre.

Donald Trump apareció en la escena pública del país más exhausto de la modernidad. Sus performances y sus bombas mediáticas de escupitajos sin nervios en plenos debates televisivos de una campaña presidencial para alzarse con el cetro del poder en plena coyuntura aún sin dimensiones, no responde a una coincidencia desechable. Trump es el heredero del nihilismo; el outsider más exótico y distante de la calculadora y fría tradición de una política corriente, y a menos de 16 días ya están listos allí los votos vergonzantes, intentado argumentarse entre los últimos nudos de las vértebras, mudos y ansiosos a la espera del 8 de noviembre que les revivirá, tal vez, el divertimento del verdadero espectáculo: una fusión entre el escándalo y lo imprevisible que les haga creer de nuevo en la conmoción, en la revitalización del estremecimiento, en los impulsos del pánico y del entusiasmo aunque la realidad transforme sus horas de languidez en algo sin nombre y la deshonra los carcoma en lo que queda del aturdimiento, así la economía se invierta y otras posibilidades existan, pero que existan por fin, aunque sea bajo el mando de una bestia.

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