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Hasta el quince de enero del año entrante estará expuesta una serie de obras del maestro David Manzur en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.
La exposición se titula Ciudades oxidadas y recoge algunas pinturas que en los últimos años ha realizado el genial artista caldense. A mi juicio, el pintor vivo más importante del país. Como sé que hay quienes leen deprisa, reitero: el más importante, no el más conocido, que tal vez los haya más divulgados pero no mejores; al menos eso creo.
Desde hace ya varias décadas encontró el maestro Manzur una forma de expresión única, suya, encontró un estilo que le es propio; manera peculiar y originalísima que alcanza las cotas más sublimes y más delicadas del arte. Figurativo, sí, aunque le pese a ciertas vanguardias, y sincero, y —parece increíble tener que ponerlo de relieve en nuestros días— hermoso, o, lo que es igual, entrañable y bello.
Este pintor admirable y culto —aún recuerdo al maestro, y hace ya años de eso, en una entrevista que le hizo la emisora HJCK, glosando con erudición, con delicia y con tino, sobre los artistas que admiraba, sobre historia del arte, sobre los grandes maestros de antaño, que habían sido referente y habían ejercido influencia perdurable en su obra, que al cabo la entrevista, si no me falla la memoria, era sobre su trayectoria artística; lo recuerdo aún hablando sobre la pintura renacentista, sobre Masaccio, demorándose en La expulsión del paraíso, recordando el inmenso patetismo que la obra toda destilaba, llamando la atención sobre el azul inmenso y etéreo del eterno fresco de Santa Maria del Carmine; recuérdolo también hablando de Piero della Francesca; recuerdo todavía con emoción esa entrevista que de seguro aún alberga ese potosí sin fondo que es el archivo sonoro de la emisora HJCK—, este artista genial y culto, decía, nos ofrece una exposición de sus más recientes lienzos.
Los que no han salido de la ciudad están todavía a tiempo para visitar la muestra. Los que llegan de vacaciones tienen la oportunidad de hacerlo. A mí, que estoy fuera de la ciudad, me pesa mucho no poder verla. Lo lamento profundamente, pero extiendo a ustedes la invitación que museo y maestro nos ofrecen para aprovechar el fin del año.
Bien es sabido que uno de los aspectos más hermosos del diciembre es que nos permite salir de las rutinas; esas horas establecidas y muertas que a lo largo de todos los meses del año inhiben el vivir. Pues bien, en la Atalaya nos parece que la exposición de David Manzur es un hermoso pretexto para salir de la rutina y hacer a un lado los problemas de siempre, para olvidar las preocupaciones constantes, las ciudades corruptas y oxidadas, y, sobre todo, para amar la belleza y para perdernos en ese azul, melancólico, inmarcesible e infinito que es la obra de David Manzur.