Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Se conmemora el 8 de marzo el Día de la Mujer.
Las celebraciones que se realizaron en Colombia y en todo el mundo muestran un feminismo amplio y heterogéneo. Y es de celebrar que así sea, pero a causa de esa misma diversidad parece que todo cupiera dentro de esa amalgama que hoy se denomina «feminismo». Como no se trata de un movimiento unívoco, de inspiración única, no hay en ocasiones claridad sobre cuáles son (o cuáles debieran ser) los límites de sus reivindicaciones. A mi juicio, cualquier movimiento político debería tener vedados la violencia y el odio como medios para conseguir su fin (todo lo noble que el fin se quiera).
Ocurre, sin embargo, que para cierta vertiente de este movimiento político, en virtud de una opresión histórica que en muchas sociedades han sufrido las mujeres a manos de una estructura eminentemente patriarcal, el feminismo consiste en odiar al hombre (o a algunos de ellos); o al menos, si no consiste en eso, parece que consiente (o ha traído como consecuencia) avalar el odio a quien, de un modo u otro, se juzga como causante de un irrespeto inveterado y de una desventaja histórica de las mujeres.
Así nos lo hace saber la señora Magola Peluda en su caricatura del viernes seis de marzo en El Espectador: en la viñeta se lee a la señora Magola exclamar: «Las feministas no odiamos a todos los hombres… solamente a los tarados».
Hacer humor es asunto dificilísimo, pues la línea que divide la irreverencia del irrespeto es muy sutil y el abismo que separa el ingenio de la imbecilidad es agudo, como el filo de la navaja.
No es la primera vez que vemos desbarrar a la señora Magola Peluda. Ya habiendo sido elegida Claudia López para la Alcaldía de Bogotá, en viñeta del 6 de noviembre del año pasado dijo: «La alcaldesa de Bogotá no va a patrocinar las corridas de toros… qué más se puede esperar de una lesbiana». Causó revuelo la caricatura y tuvieron que salir desde la caricaturista hasta el director del periódico a explicar la viñeta. Si hay que explicarla tanto, quizás el chiste no era tan bueno.
El odio no debiera ser medio para ningún fin. Podemos pensar que la caricatura en cuestión es estúpida, pero no por eso odiamos a la señora Magola Peluda. La tarea que se impone en cualquier sociedad no es la de odiar al otro –y aquí sin distingo de raza, color, sexo, credo religioso o filiación política–, sino la de educar en unos valores en donde el odio no aparezca como horizonte ni como justificación en ninguna de sus manifestaciones. No en el odio, nunca; educar, sí, en el respeto por el otro, en la tolerancia por el diferente; educar en la concordia y en la humanidad.