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Amplia difusión tuvo en diarios nacionales una nota de la agencia EFE que apareció hace dos o tres semanas en torno a los autorretratos —selfies, parece que hay que decir ahora— que se publican en las redes sociales.
La nota en cuestión nos habla del peligro de esta práctica: puede acarrear problemas mentales como depresiones o paranoia, explica la experta Panpimol Wipulakorn, del departamento tailandés para la salud mental. No se nos dice en qué sea experta, pero nos advierte de los peligros que se corren con esta práctica perversa. Tales comportamientos (esos de exponer las fotos propias en las redes sociales, deduce el lector), podrían derivar en problemas cerebrales en el futuro (tal cual se lee en la nota), especialmente aquellos relacionados con la falta de confianza hacia uno mismo.
Tras una serie de tópicos en torno a la autoestima y los consabidos nervios, e infelicidad que genera, que podrían desembocar en males más graves como la paranoia, comportamientos celosos y personalidad susceptible, la experta tailandesa sostiene que, además, los autorretratos —y por favor léase con atención, porque el asunto es muy serio— pueden “lastrar el crecimiento de los países en desarrollo, porque la falta de confianza de los jóvenes puede generar una generación ‘sin liderazgo’, de personas ‘simples’ sin ‘capacidad creativa e innovadora’”.
Harto eco se hizo de las apreciaciones de la experta o, mejor, del cable de la agencia EFE. Porque su trabajo en el Instituto Rajanukul de Tailandia se centra en la atención psicosocial a niños víctimas de la guerra con discapacidades mentales. Esto, que hubiera sido pertinente señalarlo, en lugar de limitarse a copiar el cable, y que hubiera servido para ofrecer un modelo base para el caso colombiano, lo callaron los diarios nacionales.
Decía que se hizo mucho eco de la nota de la agencia EFE, pero quizás no el suficiente. Ahora, tras leer la nota, está muy clara la cuestión. Aquí el problema no es que llevemos cien años matándonos en una guerra absurda, ni que haya corrupción en distintas entidades estatales, ni que los estudiantes obtengan pésimos resultados en las pruebas PISA, ni que siga siendo considerable la tasa del desempleo, ni que la crueldad y la sevicia hayan tocado cotas inimaginables, ni que haya fraude en las elecciones parlamentarias, ni que la polarización se esté profundizando día a día y que de lado y lado se siga metiendo cizaña y cultivando rencillas y enemistad. No. Qué simpleza. Aquí el problema del subdesarrollo, de tanto canalla que ronda por cada esquina del país, es el de los autorretratos, porque roban, y corrompen, y violan las leyes y las mujeres, y se enemistan con sus vecinos y matan a sus hermanos para obtener el reconocimiento en las fotos.
La solución a nuestros problemas es más sencilla de lo que creíamos: basta con crear una clase de fotografía en escuelas y universidades para que al menos podamos reconocernos en el paisaje siniestro y desolador.