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De una nueva Iglesia

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Cierto revuelo causó en España la noticia de que el 17 y el 18 de marzo se celebrarán unas jornadas sobre el aborto en la Universidad Autónoma de Madrid.

El congreso lo organiza Médicos por la Vida, fundación que está en contra del aborto y promueve el que llaman “derecho a la vida”. Es claro que tiene lugar con el marco de fondo de la ley que está en curso en el Parlamento y que pretende modificar la normativa vigente que regula el aborto en el país.

Lo que indignaba a los críticos —mujeres energúmenas, grupos de feministas, almas beligerantes, seres intransigentes, personajes críticos, etcétera— es que en una universidad pública se organizara un coloquio para defender su postura en contra del aborto y que los estudiantes obtuvieran un crédito por ello. La pronta respuesta de los organizadores fue la de esperarse, la de siempre: no, no nos han entendido, no hablaremos por boca de la religión, sino que todo se circunscribirá a los dominios estrictos de la ciencia. Serán todos argumentos científicos, de voces autorizadas (léase de hombres de ciencia), y todo aquello que en circunstancias similares suele aducirse.

Hace ya unas semanas Julián López de Mesa, atento vigilante de esta Atalaya, había denunciado cómo los hombres de ciencia se estaban convirtiendo en sacerdotes de una nueva religión. Y hoy yo quisiera llamar la atención sobre la ideologización en la que ha caído (si es que alguna vez había salido de ella) la universidad. De ser (o deber ser) un espacio para la discusión libre y sincera —apasionada, si ustedes quieren, pero amplia— de las ideas, se ha convertido en un bastión más de la intransigencia y el dogmatismo. Un espacio cerrado a las ideas y a la discusión; al debate y al pensamiento. ¿Ideas, pensamiento, discusión? ¡No, por favor, qué peligro! Sólo caben en su estrecho círculo las obsesiones provisionales de una ciencia incierta, falible, siempre en construcción y revaloración.

Lo grave no es que la ciencia se equivoque; todos nos equivocamos. Lo grave es que nos aferremos a ella —y a sus dudas y sus frágiles certezas, como reducto último e inapelable de verdad, de la Verdad. Y con ese argumento se está secando el pensamiento, agotando la discusión, imposibilitando la reflexión. Muy otra es y debería ser la labor de la universidad: darle cabida a las opiniones para debatirlas y discutirlas, para mostrar que hay unas peores y otras mejores; unas más plausibles y otras más improbables; unas graves y otras ligeras; unas hermosas y otras reprobables. Darle cabida no sólo a una ciencia cada vez más solipsista y ajena al mundo en el que, paradójicamente, crece y se desarrolla, sino también darle lugar a los cínicos y a los desvergonzados, y a quienes se equivocan, para que se vigorice el pensamiento, para que se debata en libertad y también para eso, para mostrar que son cínicos y desvergonzados, y que se equivocan, que están equivocados.

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