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Hay enfermedades silenciosas con las cuales convivimos durante muchos años sin apenas darnos cuenta.
Dijérase que son imperceptibles si no fuera por las consecuencias que ellas portan y que, de esta manera, las hacen visibles. No son males dolorosos sino como inquilinos silenciosos que nos consumen —en ocasiones a lo largo de toda una vida— lentamente, como el tiempo.
También hay enfermedades cuya presencia se incrementa en determinadas épocas del año; tal las gripas en temporadas de lluvias, tal la astenia primaveral en los países del trópico. Pero este mal endémico se padece —cuando se padece— durante todo el año, aunque se acentúe en diciembre; bien en los países del trópico, bien en los del Ecuador. Sobre esta patología no se ha pronunciado el ministerio de Salud y Protección Social, ni la Organización Mundial de la Salud. Pero me pronuncio yo. La padecen muchos, y se llama el mal de la espuela.
La espuela, como se sabe, es el último trago que beben los que han compartido una fiesta, jolgorio, velada o sarao de todo linaje. Digo yo que el nombre le viene porque, literalmente, se bebía con el pie en el estribo y la espuela presta para picar la cabalgadura. Pero bien es sabido que el último, amigos míos, no existe. O, más bien, sólo viene cuando se consume el salario o cuando acaba la noche. Y bien puede ocurrir —y muchas veces ocurre— que si se da lo segundo sin que suceda lo primero, el último de la noche sea también el primero de la mañana.
Es este mal mudo y misterioso el que aqueja a un sinnúmero de compatriotas y que los lleva a confesar a la mañana siguiente: «me emborrachó el último». Otros, más eclécticos, dictaminan en su evaluación médica que los «mató el hielo, la gaseosa o el sereno». «Y el último», añaden con más alegría que vergüenza.
Digo que el mal se acentúa en diciembre, y es natural que así sea. No sólo porque se incrementan las posibilidades de que se manifieste, por la multiplicación que las reuniones de todo género —empresariales, sociales, familiares— suponen, sino porque ese aire benigno y misterioso de diciembre hace que nos sintamos más unidos, más familia, más cercanos; hace que nos queramos fundir en un abrazo fraternal con propios y con extraños al son de los villancicos, con el sabor de la natilla, con los bailes de fin de año, bajo la luna cercana y la luz amistosa de diciembre, alzando el vaso y la copa, brindando a la salud de todos y prometiéndonos —en verdad prometiendo— que este es el último; «el último y nos vamos».
Pasa el tiempo y con él nos envuelve la nostalgia de la Navidad y del fin de año; por los tiempos idos, por las navidades pasadas, por los que ya no están… y por ello se agudizan en diciembre las ansias de brindar, el anhelo de reunión y el mal de la espuela.