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El ritmo del país

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No se preocupe el lector que no voy a hablar de reguetón. Quisiera llamar la atención, más bien, sobre los límites de velocidad exiguos a los que las nuevas disposiciones del tránsito condenaron a los conductores de servicio público y privado en Bogotá y en el país.

El propósito es encomiable: proteger las vidas de los ciudadanos en las vías. Su ejecución, sin embargo, plantea algunas dificultades y muchas dudas. En las congestionadísimas calles de la capital resulta casi imposible, casi un milagro, encontrar alguna en la que se pueda transitar a más de 50 kilómetros por hora, pero he aquí que cuando, por algún acaso, hay un tramo más o menos despejado en el que se podría ganar no ya unos minutos sino tan sólo unos segundos –que significarían algo de tiempo vital de todo el que el sistema de transporte (público y privado) de la ciudad nos quita–, la nueva norma lo impide.

Pero no sólo la nueva norma, sino también las señales de tránsito que marcan los límites de velocidad, pues estas normas o suelen ser antiguas o suelen ser absurdas (y a veces lo uno por lo otro).

Al respecto hay un video (de un apasionado de los carros que se autodenomina “El ingeniero”) que lo muestra de manera contundente: un grupo de amigos sale en sus automóviles por la Avenida Boyacá sin sobrepasar el límite que las señales de tránsito indican. Se trata de un recorrido corto (desde la 170 hasta la 134). Todos transitan según ese máximo, de manera que no es posible sobrepasarlos. Sobra decir que la cantidad de vehículos represados fue descomunal, en una vía en la que suelen ser inmensas las congestiones vehiculares, antes incluso del minúsculo límite de velocidad que para todas las calles (incluidas las avenidas principales) propone la Alcaldía de Bogotá.

Un segundo vídeo corrobora los límites absurdos y hasta irresponsables que le quieren imponer a los ciudadanos. Analizan ahora cuánto tardaría una persona en llegar a Medellín desde Bogotá si siguiera los límites de velocidad que imponen las señales de tránsito. La respuesta no puede ser más desesperanzadora: más de dos días. Casi lo mismo que se tardaba en el siglo XIX. La tecnología ha avanzado mucho desde entonces, pero ahí están las nuevas leyes para perpetuar el subdesarrollo.
 
atalaya.espectador@gmail.com, @Los_atalayas

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