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Hay ciertos parajes desde donde se puede contemplar el infinito.
A lo lejos, allá en lontananza, se ve esa línea incierta en la que el mar se une con el cielo, y nada más. Y cerca, a los pies, se ve un mar azul y atlántico que, en sordo embate, golpea la costa. El faro está a las espaldas y, aquí y allá, se aprecian aún los rescoldos de hogueras en las que los romeros queman las botas y los zapatos con que anduvieron el camino de Santiago. Porque el Finisterre es también un hito en la ruta del apóstol. Y era el fin, el término del mundo conocido en la Antigüedad. Confín del Imperio Romano, era tenido por el punto más occidental de la península ibérica y, más allá de él, más allá del fin del mundo, más allá del Finis-terrae, había sólo mar, y penas, males y bestias mitológicas aguardaban a quien se perdiera por esas aguas inciertas y lejanas.
Hace unos meses me fue dado visitarlo. Era una tarde de un verano claudicante y sin embargo persistente, orlada por un azul entrañable y cantábrico. Que tras la visita al faro, bajo la sombra amable que nos ofrecían los árboles, orillamar, compartiera un almuerzo en grata compañía; que el día se mostrara hermoso, memorable la tarde y reparadora la noche; que la mujer que me acompañaba fuera dulce como el recuerdo que ahora evoco, sólo contribuye a ahondar mi melancolía.
Aún puedo verme oteando ese mar hermoso e infinito a la vista, y recordando que me parecía el Finisterre metáfora de la vida y de la muerte: la inconstancia del mar como alegoría de los días; el temor frente a lo desconocido, pero también el anhelo, para algunas personas, de ir más allá de las límites sabidos; las ilusiones de los hombres que se desvanecen como olas que besan la arena; las vidas que, mientras duran, producen la estela que conviene a su alma y que, cuando se quedan sin fuerzas, se hunden como canto arrojado al mismo mar; las empresas audaces que se constituyen en basa de la civilización; la marea como alegoría de la fortuna; los escollos que ofrece el vivir y que hay que superar sin regla, como el nadador la ola; en ocasiones la calma aparente en la superficie, pero un movimiento incesante en las profundidades del mar o del espíritu; el sosiego cuando se arriba al puerto; la insignificancia de un hombre frente a la inmensidad del océano, pero la posibilidad de surcarlo; las empresas inútiles como un arar en el agua; los amores que, aunque sepultados por las aguas, siguen existiendo en lo profundo; las pasiones que son las tormentas de la vida; la soledad y la impotencia frente al naufragio; los años que, como ríos, a él van a morir; las fatigas del viaje que de cualquier modo debe terminar; y, más allá, en la otra orilla, donde mora lo desconocido, más allá, la muerte…
Y nada más.