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Poco eco se hizo por estos lados de la concesión del premio Princesa de Asturias (antes Príncipe de Asturias) de Comunicaciones y Humanidades al filósofo Emilio Lledó. Y es una lástima porque su pensamiento tiene mucho que enseñarnos.
En ese diálogo incesante con la tradición griega que ha sido la obra de Emilio Lledó encontramos críticas incisivas a muchos de los grandes males de nuestro tiempo y, también, a muchas de las tragedias de estos días.
Su principal preocupación, a lo largo de su prolongada y fecunda carrera, ha sido el lenguaje. Se ha centrado su reflexión en un intento por mostrar la dimensión principalísima que tiene la lengua en la constitución de la persona, y de la memoria y de la conciencia; y de qué modo esa misma lengua que constituyen memoria y persona es, al cabo, la que forja la ciudad –aquel entramado en el que se despliegan las fuerzas de lo político– y por eso mismo el mundo.
Por eso la otra gran batalla que su pensamiento ha librado ha sido contra la ignorancia, señalando –y es una pena que cada nueva generación de intelectuales tenga que volver a ponderarlo; como si estuviéramos condenados a repetir las mismas imbecilidades y los mismos errores– que sólo la educación de la persona en la libertad –y aquí decir «libertad» vale tanto como decir «pensamiento»– es posible forjar un espacio íntimo (el de la consciencia y el de la memoria) que disuelva las amalgamas ideológicas y las tiranías dogmáticas que –retomando una categoría del idealismo alemán cara a Lledó– alienan a la persona constriñendo su capacidad de actuar y hasta de vivir. Por eso sostuvo en el discurso de aceptación del premio que la ignorancia tiene una compañía inevitable: la violencia y la crueldad.
De allí que en uno de sus escritos afirmara que la felicidad es imposible si quien observa el mundo descubre la enfermedad social y la corrupción que destroza la vida colectiva, salvo –aclaró– que esa corrupción y el ansia de acumulación en la sociedad actual de consumo hayan insensibilizado a ese mismo ser que observa (Elogio de la infelicidad). Y sin embargo, la infelicidad que de allí se deriva o puede derivarse sirve también como acicate y como impulso para cambiar esa situación que juzgamos injusta, esa inquina de quien consideramos que obra con maldad.
Frente a esa lectura desesperanzada que encontramos en la crítica que se deja leer en su obra, hay también un tono de esperanza precisamente porque su filosofía es una invitación a no permanecer en la facilidad que prodiga lo establecido, a no dormirse en la lengua anquilosada y en las metáforas muertas, a no arrellanarse en la esclerosis de un pensamiento exánime, a no instalarse en la facilidad de los prejuicios y en la rigidez de las ideas consabidas y en ocasiones equivocadas, y también a no dejarnos vencer por el temor que quieren infundir los que proclaman la innata e invencible maldad del ser humano, a no sucumbir a los que de manera artera nos atemorizan para que triunfen la barbarie y la irracionalidad. Y para contener esas iniquidades tan propias de quienes temen a la grandeza y la imaginación del pensamiento, sabe Emilio Lledó que el único antídoto –o al menos el mejor– es el de la educación, una educación en la paz; he ahí la razón, supongo, por la cual nunca ha dejado de teorizar sobre la amistad.
Su filosofía es una reflexión sobre la palabra –esa biografía íntima de la persona, ese eco sincero del alma–, y no es poco porque de palabras están llenos el mundo y el corazón.