Atalaya

Los adjetivos de la guerra

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Casi de manera simultánea, dos sucesos lamentables y terribles sacudieron al país en días recientes: el asesinato de ocho policías que cuidaban de una comitiva de la Unidad de Restitución de Tierras, y el secuestro y asesinato de tres periodistas ecuatorianos por parte de un antiguo militante de las Farc que lidera una nueva banda criminal en la frontera entre Colombia y Ecuador.

Más allá de las respuestas, a veces tímidas, a veces airadas, que hicieron la izquierda y la derecha de uno y otro suceso; más allá de las respuestas convencionales, cómodas y estereotipadas que salieron de los políticos en campaña; más allá de las respuestas mezquinas y oportunistas de una clase política que ha acostumbrado al país a tantas y tan despreciables vilezas, me interesa señalar las reacciones tan disímiles que un mismo hecho generó en dos países vecinos. En Colombia no sólo se intentó, como suele suceder, sacar réditos políticos de tan reprochable y dolorosa situación, sino que hechos luctuosos y trágicos que vuelven a poner en entredicho la humanidad de un país y la cohesión de una nación, se aceptaron con resignación cuando no con franca indolencia y con desolador desprecio. En Ecuador, menos habituados que nosotros a la cotidianidad de la guerra y a sus intrínsecas barbaries, el hecho de los periodistas fue repudiado sin matices y sin titubeos por la clase política y por los ciudadanos de a pie. Marchas de protesta y de indignación removieron las calles y las plazas del país a la vez que un atribulado presidente de la República llamaba a una concordia y a una solidaridad que no debían vacilar, para impedir que tales sucesos enturbiaran la paz del país.

Estas distintas respuestas y estos diversos grados de indignación en sendas naciones sólo pueden explicarse por la interiorización de la guerra, por la familiaridad de los colombianos con sus podredumbres y sus tristes vicisitudes.

Tal interiorización se deja ver hasta en los lugares más insospechados y que debieran permanecer impermeables a la cotidianidad de la guerra y a la banalización del mal. Así, hablando de una campaña en favor de la lectura en el país, Piedad Bonnett escribía en su más reciente columna: “Estos y otros buenos resultados no son producto del azar, sino de la agresiva campaña a favor del libro y la lectura que viene adelantando el gobierno de Colombia desde hace ya bastante”. Al menos a mí me resultó disonante el adjetivo del empeño gubernamental (esa “agresiva campaña” a la que alude), cargado de tintes bélicos y de resonancias de guerra.

Si traigo este ejemplo a colación no es tanto como reproche a una columnista a quien suelo leer, sino para mostrar que incluso los lugares que pudieran permanecer ajenos a los avatares bélicos han terminado por sucumbir a la omnipresencia de la guerra, que en Colombia todo lo nimba.

Y con tristeza me percato y con justeza maldigo la deplorable suerte de un país en el que las campañas no pueden ser —ni siquiera las publicitarias— “encomiables”, “firmes”, “decididas”, “nobles”, “ingeniosas”, “oportunas”, “inapelables”, sino militares y “agresivas”.

@Los_atalayas, atalaya.espectador@gmail.com

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