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Los límites de la tecnología

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Había llegado a Francia a cursar estudios posdoctorales y en el bus que me llevaba del aeropuerto a la ciudad la muchacha de adelante reclinó la silla cuanto pudo, golpeándome la pierna, sin apenas dejarme mucho espacio para moverme, sin preguntar o sin mirar si al pasajero de atrás le molestaba o le incomodaba su gesto y, claro, sin ofrecer disculpas por haberme pegado.

Tratando de acomodarme toqué sin querer el espaldar de la silla un par de veces y ella, que bien hubiera podido recogerlo un poco para darme más espacio, se volteó para decirme que la estaba molestando. Intenté hacerle notar, con la cortesía del caso, que bien podía ocurrir que yo golpeara su espaldar porque ella lo había reclinado sin apenas dejarme lugar para moverme. Lo reclino porque puedo, fue su respuesta. Si no se pudiera, continuó, entonces el asiento no podría inclinarse tanto. Y esto es lo grave del asunto y el punto al que quería llegar: que la tecnología se convirtió, de repente, en estatuto moral y límite ético.

Traté de explicarle a ella y a su novio o esposo —quien rápidamente se inmiscuyó en la conversación— que la tecnología no podía convertirse en gálibo de la acción ética. Todo muy claro, todo con un tono muy cortés, con el simple propósito de invitar a la reflexión, pero los argentinos en cuestión nada parecieron entender. Y él, no con el comedimiento francés, sino con la grosería argentina —es cierto que hubiera podido ser al revés, porque es una gran verdad que gamines hay en todos los países del mundo, lo que varía es la proporción—, me instó a que bajara la pierna. La baja uno para evitar discusiones con imbéciles, que esos nunca atienden a las razones, pero queda un mal sabor de boca. La sensación, no sólo de que la grosería se ha apoderado del mundo, no sólo de que el otro importa muy poco, mucho menos que la palanca del asiento que me permite recostar el respaldar, sino la dolorosa sensación de que estas ideas nocivas y egoístas han calado muy hondo.

Justo lo mismo le había ocurrido a mi amiga Victoria Mateos en un autobús en el que viajaba, y cuando me contó la historia acotó con una fórmula concisa y expresiva que desafortunadamente mi memoria no puede ahora repetir. Después de lo ocurrido le escribí contándole el suceso y me respondió que comprendía mi malestar y que podía revivir el disgusto que le había ocasionado a ella la escena. Y me escribió también que el problema no era el asiento en sí, sino la forma como nos tratamos unos a otros; dijo que allí donde algunos ven centímetros de asiento otros vemos un abismo donde el respeto y la convivencia se ponen en juego.

Si se entiende el argumento se habrá comprendido que la silla es tan sólo un ejemplo. La situación la vemos repetirse cada día: subo el volumen porque es mi equipo de sonido; pito hasta dejar sordo a los otros conductores o a los peatones porque es el pito de mi carro; parqueo aquí porque es mi calle, sin que nos detengamos a pensar un instante en el otro que hace parte de esa sociedad en la que vivimos. Por eso, como parece que el irrespeto y la grosería humanos no tienen coto, habrá que pensar en ponerle límites a la tecnología.

atalaya.espectador@gmail.com

@Los_Atalayas

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