Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Por el embrollo ridículo en el que a veces se sumerge el mundo, en ocasiones es necesario repetir lo obvio.
Repetir, por ejemplo, que la violencia sólo causa más violencia; que la guerra deja lisiados los cuerpos y las almas, los corazones y los pueblos; que los males de la guerra no tienen número ni fin; que la inminencia de la batalla es siempre de temer y que embota las facultades e inmoviliza los ánimos; que aniega todo en el dolor y ensombrece las esperanzas; que en la guerra el mañana es incierto y el porvenir oscuro; que el balance siempre es negativo porque su objetivo es la aniquilación y sus recursos son los de la destrucción y los de la muerte.
Esto podría bastar, pero no en este país al que más de medio siglo en guerra ha sumergido en la más inenarrable barbarie. Habría que decir, entonces, que la guerra envenena el cuerpo y la paz alimenta el alma; que no es lógico naufragar en el rencor porque guarda en el espíritu odio a hechos y a personas que ya no existen, a sucesos que son pasado, a espejismos, a figuras pretéritas, a las sombras de una sombra; habría que decir, también, que este país se está haciendo senil en medio de la discordia y que no hemos sido lo suficientemente humanos y valientes para perdonar al otro.
Pero como aquí la verdad y la belleza no saben imponerse por sus propios medios, resulta menester sostenerlas con entusiasmo. Y sostener también que, al cabo, la verdad triunfa sobe la mentira, la concordia sobre las afrentas, la belleza sobre la fealdad y la paz sobre la guerra; sostener que enarbolamos la bandera de la paz y le cantamos a la vida. Allá ellos con sus amarguras enquistadas y sus rencillas cansadas, con sus sofismas sin nombre y sus mentiras esgrimidas sin vergüenza; allá ellos con sus odios inflamados y sus enemistades sin criterio y sin fin. Que nos dejen a nosotros llorar lágrimas de reconciliación y de esperanza; que nos dejen decir un rotundo no a la batalla incesante; que nos dejen creer que el Sí a la paz no es la culminación de la guerra, pero es su antídoto; que nos dejen creer en una Colombia en paz, libre del yugo terrible de la destrucción, la enemistad y la muerte; que nos dejen creer que podemos soñar.
Y también que nos permitan advertir. Advertir que si triunfa su causa mezquina y mentirosa sepan que no vamos a ir a la guerra, que no vamos a librar más batallas, como no sean las de la reconciliación y las del amor. Que se quedan solos con sus bayonetas sangrantes y sus cañones oxidados, que ya no pueden contar con nosotros, con nuestra connivencia tácita ni con nuestro silencio cómplice; que están solos en su cruzada absurda porque ya hasta el enemigo decidió apostar por la paz.
Parece bastante, pero no para la Colombia desmemoriada y deshumanizada de hoy, por ello huelga recordar que nada hermoso ni grande nace sin imaginar un futuro, sin vivir el presente; que es menester andar el camino, paso a paso, pero que es más fácil si se viaja acompañado y se hace con ayuda; recordar, con san Juan de la Cruz, que «en la tarde nos examinarán en el amor» y recordar, también y sobre todo, que la amistad es más bella que la enemistad y que la vida es superior a la muerte.
Atalaya.espectador@gmail.com, @Los_atalayas