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Atalaya

¿Para qué sirve la censura?

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Aparte de lo obvio –para acallar al contrario–, la censura tiene otros usos de los cuales se suele hablar menos.

Si el mecanismo consiste en amordazar –normalmente con medios ilegales a los que se quiere dar apariencia de legalidad– al hereje, al detractor, al contradictor, al que se desvía de la ortodoxia de una causa, del evangelio de una doctrina, del libro de una religión… este silenciar al otro, este aherrojar la voluntad, este encadenar la voz y anonadar la libertad del oponente revela otro uso sobre el que se ha reparado menos en la historia del totalitarismo y de la infamia. La censura revela también lo que de deficitario o de injusto puede haber en la propia visión del mundo, lo que de deplorable o de engañoso puede haber en la propia causa.

Por supuesto que resulta siempre más cómodo echar la culpa al otro, por supuesto que resulta más fácil y más obvio mirar la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio, según recuerda la sentencia bíblica. Pero no por ello la censura deja de cumplir (o puede dejar de cumplir) otra función, más silenciosa, en los recovecos de la conciencia: una voz, quizás remota, que le habla al oído al censor y que le dice que tal vez se está equivocando, que acaso su verdad no es tan verdadera o que a lo mejor el mundo no es tan blanco o tan negro como se lo quiere hacer creer su doctrina que sin reparos y sin matices discrimina entre buenos y malos. Malos los otros, buenos nosotros. Es verdad que aquí el argumento cojea porque hay censores e inquisidores que no tienen conciencia…

Sea como fuere, la censura deja leer –a quien está dispuesto a hacerlo– que en ocasiones esas críticas pueden estar justificadas; que tal vez el gobierno de turno no ha sido capaz de colmar las expectativas y que el gran mandamás de un país no ha podido estar a la altura de las circunstancias. Y como es más fácil reprimir y aniquilar que consensuar y construir, recurren a la demagogia primero y a la censura después para silenciar con el engaño o para acallar con la fuerza lo que no han sabido edificar con la voluntad.

Es burdo instrumento que a lo largo de la historia han usado religiones y Estados, doctrinas y partidos políticos para aniquilar existencias, para desterrar ideas, para opacar toda posible eminencia. Lástima que no se haya esgrimido también para hacerles notar a los inquisidores y censuradores de toda laya que hubiera podido servir para delatar su torpeza, su falta de méritos y su poquedad.

@D_Zuloaga, atalaya.espectador@gmail.com

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