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Patologías del criterio

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Publicose recientemente con la editorial alemana Grin un volumen monográfico en el que se recogen las ponencias ampliadas y corregidas de una serie de filósofos —si exceptuamos la colaboración de quien esta página firma— que está estudiando lo que en su grupo de investigación de la Universidad de Granada dieron en llamar ‘patologías de civilización’.

No quiero comentar todo el libro, sino hablar de Patologías del criterio en la era de la globalización, la ponencia que presentó el profesor Óscar Barroso Fernández.

La tesis principal del texto es que una de las patologías actuales de la civilización occidental es la falta de criterio. Para subsanar tan preocupante carencia, el profesor Barroso apela a trascendentales de viejo cuño: el bien, la verdad, la belleza.

Entiende el bien como un fondo de base o un caudal que auspicia las realizaciones concretas de cada ser humano, la belleza (o lo bello) como aquello que templa nuestra realidad y la verdad como un fondo vital sobre el que se asienta la firmeza de la vida individual. Estos trascendentales son condiciones de posibilidad de una vida digna: cuando éstos se desvanecen la existencia pierde sentido.

Son, entonces, las patologías del criterio fuentes incesantes de desmoralización y por causa de ellas viaja el mundo contemporáneo derrelicto; por ello ese como mareo incesante que, viajeros en el infinito, sentimos sin poder aferrarnos a nada de entidad ni de verdad ni de belleza.

En este punto permítaseme una digresión. En la antigua Grecia quien gobernaba —cuando gobierno había en el mundo— era el arconte. No era, como podría pensarse, un hombre principal porque gobernaba, sino que gobernaba porque era principal. El arconte (arcwn) era pues el hombre que tenía principios (arcao). Las autoridades, los magistrados (ao arcao), eran los que conducían, los que guiaban, los que señalaban el camino; eran, en una palabra, los que principiaban. Por eso se lee en el primer libro de la Metafísica de Aristóteles de Estagira que, “desde luego, no corresponde al sabio recibir órdenes, sino darlas, ni obedecer a otro, sino a él quien es menos sabio”.

Toda acción humana responde a un principio, a una razón, aunque sea silenciosa o esté implícita. Sólo escapamos a la tiranía del criterio cuando actuamos de manera estúpida o loca; por ello, la ausencia de criterio es patológica. Toda acción que no esté sujeta a razón es mera estupidez o pleno sinsentido. De allí la supremacía indiscutible de la contemplación sobre la acción.

Cuando no hay criterio, decía, se cae en una dispersión desordenada y sin sentido. Y lo dicho vale tanto para los hombres como para los pueblos. Pero bien sabemos que hoy acaece de muy otro modo. Ni gobiernan los hombres principales, ni quienes gobiernan se rigen por el bien, la verdad o la belleza, ni tan siquiera sospechan de la existencia de tales trascendentales ni de esos inalienables imperativos del buen gobierno. Por eso el profesor Barroso llama nuestra atención sobre las patologías del criterio, porque se hunde la nave en que viajamos en ese océano del sinsentido, en ese mar infinito, incoloro, informe, de la nada…

Quería hablar de filosofía y terminé hablando de política y del mal recurrente y de la endémica patología de los políticos: su ausencia de principios y su falta de criterio.

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