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Pequeña teoría sobre el matrimonio

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Se casa el sábado veintisiete de agosto mi amigo Federico Gómez. Se casa con Natalia Arango. Un hombre se casa con una mujer. Todo aparentemente normal, o casi, pues se casan. Será la soltería, será el nunca haberme casado, pero me cuesta mucho comprender la persistente determinación, la fría serenidad con la que los novios le dicen al mundo: «me caso».

Hace unos días, conversando de la cuestión, trataba de indagar sobre los oscuros móviles que llevan a un hombre de bien, soltero, con trabajo, con un salario, a hacerse cónyuge (es decir, a adquirir el yugo que tal unión supone). Todo ello, claro, lo pregunta mi lado más escéptico. Porque hay otra arista de mi ser que en ocasiones ve alguna mujer de belleza impar, espíritu sereno, mirada sincera, palabra amigable, gracia infinita y sonrisa jovial —una mujer inmaculada, para decirlo con una palabra— a la que rendido por un momentáneo furor amoroso y un poético entusiasmo exclama: “me caso”. Pero luego despierto de ese como sueño y no me caso…

Pero hay otra teoría sobre el matrimonio; es la de Federico, que se casa. La teoría, escuetamente expuesta al calor de unos agitados y embriagadores aguardientes, viene a decir —o eso recuerdo— que hay un momento en la vida de un hombre en el que, agotadas las posibilidades, vividos los días, cruzados los caminos, cerradas las puertas y ajustadas las ventanas, comprende, al mirarse en el espejo de su encrucijada, que no tiene otra opción sino dejarse vencer muellemente por las circunstancias y exclamar con todas sus fuerzas: “sí, acepto”. Luego viene la parafernalia que ya conocen ustedes, amigos míos casados: sugerirle con hábiles circunloquios a la novia la posibilidad del enlace, por si acaso ella había pergeñado planes distintos o no había pergeñado plan alguno; pedir la mano al suegro, como se estilaba en otros tiempos, y un largo etcétera cuyos intrincados y engorrosos preparativos hacen que la fiesta sea la celebración de haberlos culminado en una fecha estipulada con antelación pero que siempre parece apresurada y sobre todo inminente.

Poco más, salvo contar que en medio de los aguardientes y del calor de la noche, en el segundo piso de Tirana —y juzguen ustedes si el nombre es premonitorio o tan sólo vana coincidencia— me dijo entre risas y brindis que bien podría escribir una columna sobre el matrimonio. Yo le dije que no podría, que me sobrepasaba la tarea. Y me vinieron a las mientes los memorables versos de Lope de Vega en los que narra del soneto que le mandara a hacer Violante. Sí, ese de “Un soneto me manda a hacer Violante/ Que en mi vida me he visto en tal aprieto…”. Y rememoraba cómo con su donaire y su ingenio iba Lope escribiendo el soneto, verso a verso, fingimiento tras fingimiento; hasta que en el último verso del segundo terceto anuncia: “contad si son catorce, y está hecho”. Pues eso: me mandaba Federico a escribir una columna sobre el matrimonio y en mi vida me vi en tal aprieto, pero la teoría está expuesta y escrito está el texto.

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