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COMO ESTAMOS EN PLENA COPA DEL Mundo conviene que hablemos de fútbol.
Nada más cierto ni más evidente que cuando más se siente, se sufre y se goza el Mundial es cuando el propio equipo participa en el torneo para no tener que cifrar el entusiasmo en equipos de la región o en remotos países de mudables afectos. Por ello, el primer paso que tiene que dar cualquier federación de fútbol de un país medianamente serio —claro está que no hablo de este que nos deparó el destino— es el de proponerse como objetivo primero clasificar al Mundial para, una vez adentro, defenderse como se pueda (incluido el ataque, claro) con el ánimo de seguir con vida en la lid.
Esto que, como digo, es muy cierto y muy evidente parece no comprenderlo los dirigentes del fútbol colombiano que, celosos de su autonomía para equivocarse impunemente, se empeñan en nombrar como directores técnicos a mediocres consagrados del fútbol nacional.
Hace unos años el público del fútbol y la prensa deportiva nacionales clamaban por la contratación de Marcelo Bielsa quien, como actual entrenador de Chile, llevó a su selección a octavos de final. También serviría como ejemplo e idóneo candidato el técnico Óscar Washington Tabárez, pues, con un modesto equipo y con la entereza de unos jugadores férreos y aguerridos como suelen serlo los uruguayos, llevó a su selección a estar entre las cuatro mejores del mundo. La propuesta de Tabárez para dirigir la selección nacional no es gratuita ni arbitraria, dado que dirigió con buena disposición al Deportivo Cali en la temporada de 1988. Es decir, conoce el fútbol colombiano y habrá lidiado con algunos de los dirigentes (o al menos no le será ajena su obstinación y acaso sabría sortearla).
Son sólo dos ejemplos, pero el abanico de posibilidades es amplio si en verdad se quieren buscar procesos serios con el objetivo de participar en la fiesta. Para lograrlo se precisa de una actitud que privilegie la calidad futbolística de los jugadores y esto es algo que quiere ignorar el dirigente del fútbol nacional —cortoplacista, obcecado y obtuso—, pendiente de sus dividendos personales y corto a la hora de darse cuenta de que sólo estando en el baile puede uno —puede todo un país, en verdad— disfrutar de la alegría de este importante torneo.
No está de más recordar que de las 32 selecciones nacionales que participaron en esta Copa del Mundo, 12 tenían técnico extranjero. Y dos de las ocho finalistas también. Resulta muy revelador, pero parece que la cifra no conmueve a nuestros dirigentes, quienes se empecinan en nombrar como técnico de la selección colombiana de fútbol —escogencia que hiere hasta la más burda sensibilidad futbolística— a Hernán Darío Bolillo Gómez, mediocre sin coto que aprendió a clasificar selecciones al Mundial para entregarse, inermes, en las primeras rondas. Que tiene ese saber es cierto y hay que decirlo, pero creo que este atribulado país podría y debería aspirar a más.