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La cuestión del ser enemigo es un compendio de artículos académicos que, relacionados entre sí, publicó Adolfo Chaparro entre los años 2002 y 2016.
El autor, que desde hace más de 20 años viene estudiando el tema del Estado en general y del Estado colombiano en particular, pone la filosofía política al servicio de la comprensión del acontecer nacional. Y lo hace estudiando distintas problemáticas que confluyen para que, tras tantos años de guerra, sigamos teniendo la obligación —filosófica y moral— de comprender al enemigo.
En una página del capítulo sexto encontramos una reflexión sobre esta cuestión que es también invitación a todos los colombianos. “Reconocer la historia y las razones del enemigo —nos dice— es ya ponerse en camino de hacer coincidir las diferencias en un nuevo orden”. La búsqueda de ese nuevo orden es, claro, la tarea incesante que en su continua y paulatina evolución van buscando y consolidando, día a día, los pueblos. La historia del país ha hecho que estemos atravesados por los más grandes dilemas, pero abocados a las más mezquinas soluciones, propone Chaparro. La historia del país y la coyuntura política actual nos han impuesto los más grandes dilemas; los colombianos —parece— hemos escogido las soluciones más mezquinas. La mezquindad, a juicio del autor, proviene de la imposibilidad de traducir las razones del otro, por causa de una suerte de analfabetismo político y afectivo.
La tarea que se nos impone, entonces, es la de buscar ese puente (con el pasado y con los otros) para que el enemigo no sea el contrario que debe ser aniquilado, sino el diferente con el que debemos y podemos convivir. Y en cierto modo es la invitación que extiende Adolfo Chaparro en el primer capítulo del libro: “En algún momento habrá que colocar por encima de la guerra una responsabilidad más alta, que tiene que ver con el respeto a la vida y con el futuro común de los colombianos”. Pero el autor va aún más lejos: la pregunta por el otro, sostiene, es una pregunta por el próximo, “por lo cual toda agresión mortal seemp puede interpretar como una forma de fratricidio”.
En las últimas páginas del libro encontramos algunas reflexiones sobre la reconciliación. Una reconciliación que en Colombia se muestra tan urgente, paradójicamente, desde hace tantos años. Una reconciliación que procure la unidad y que sepa superar esa visión del otro, del enemigo, como aquel que se debe aniquilar. Pues matar al próximo, matar al otro, matar a cualquiera es matar al propio hermano. Me pregunto si todos los problemas de los colombianos no vienen del inveterado olvido de que el otro no es sólo el otro, sino que es también el hermano. Me pregunto desde cuándo en Colombia olvidamos esa verdad y renegamos del otro, es decir, de nuestros propios hermanos.