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Sobre la dificultad para corregir

Juan David Zuloaga D.
09 de noviembre de 2011 – 06:00 p. m.

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Me cuesta mucho trabajo corregir los textos que escribo y, sin embargo, hago mi mayor esfuerzo.

En la entrega pasada de la Atalaya, salió publicada una columna que titulé “La presentadora nacional”. En ella, hablaba de un diálogo que había tenido con una presentadora de noticias de Bulgaria. En dicha conversación hacía referencia a un escritor ruso (Daniil Kharms), de ascendencia judía, que Dobrina Chesmedjieva me había recomendado. Sólo que al seguir los rastros del escritor, nada pude constatar sobre su prosapia judía, por lo que, corrigiendo el texto, quité la acotación. Hacia el final de la columna, imaginaba con una presentadora colombiana un diálogo similar al sostenido, y en él, haciendo el paralelo, olvidé prescindir de la alusión a los judíos que había quitado en la primera conversación.

Por ello causó extrañeza la alusión a al menos un lector de la edición virtual del diario, que lanzó su interrogante en los comentarios del foro. Para percatarse de que sobraba la alusión había que haber hecho una lectura cuidadosa del texto, aspecto que echa uno de menos en la mayoría de los foristas; aunque, en ocasiones, se lleva uno amenas e inesperadas sorpresas.

Queda así explicada la alusión a los judíos en el segundo diálogo, aunque la hubiera omitido en el primero. Pero más aún, para que no se preste la alusión a malentendidos: soy un gran admirador del tesón de ese pueblo que ha sabido sobreponerse a lo largo de cinco mil años a durísimas pruebas de toda índole para saber perdurar. Y soy también consciente de la deuda inmensa que tiene Occidente con el pueblo y la tradición judíos. En ocasiones solemos pasar por alto el inmenso influjo que su legado ha ejercido y continúa ejerciendo sobre Occidente. Desde la Biblia hasta nuestros días. En el siglo XX, una rápida mirada nos mostrará la fecundidad de sus aportaciones: en pintura (Chagall), en literatura (Kafka), en las ciencias matemáticas (Einstein), en filosofía (Hanna Arendt y todos los miembros de la llamada primera Escuela de Fráncfort), etcétera.

La cuestión ha sido bien estudiada en muchos dominios (el arte, la historia, la filosofía, la sociología). Una buena introducción al tema puede verse en La raíz semítica de lo europeo, de Joaquín Lomba Fuentes. También George Steiner, en La idea de Europa, pone de relieve su papel fundamental y lo sabe uno de los vectores que conforman el plano europeo. Actualmente, Reyes Mate, en España, hace estudios sistemáticos de la penetración del pensamiento judío en la filosofía occidental…

Como puede verse, el influjo es hondísimo y muchas veces tan sutil y tan omnipresente que lo pasamos por alto. Sus motivos y su visión del mundo siguen enriqueciendo a Occidente y su pensamiento sigue mostrando fecundas vías para la reflexión filosófica y para el arte. Sirva la omisión del primer diálogo en la columna anterior para poner de relieve, siquiera de manera somera, esa luz que atraviesa Occidente, en ocasiones con un grito desgarrado que la acompaña, y sirva esta columna también para agradecer a los lectores atentos, esta vez, a quienquiera que se esconda tras el obscuro pseudónimo de ‘Es así’.

Obsérvese que hablaba al comienzo de la dificultad que tengo para corregir, pero no necesariamente de la dificultad para corregirme…

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