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Lo primero que me llamó la atención y lo que lo hizo de manera más notable y perdurable cuando entré a trabajar en el Ministerio de Educación Nacional fue constatar, con desilusión y con tristeza, que mis compañeros de trabajo no leían libros. Y cuando hablo de mis compañeros de trabajo no me refiero a mi círculo más o menos inmediato de puesto de trabajo o a algún superior; no, me refiero a cuantos pude toparme a lo largo de aquel año que estuve trabajando para la entidad.
Claro que había honrosas excepciones: funcionarios que eran también profesores universitarios, algún egresado de la universidad que había tenido la fortuna de perderse en el vicio de la lectura y una compañera de trabajo que, como yo, acababa de graduarse de la carrera y comenzaba su vida laboral. Pero eran precisamente eso: excepciones. La regla —es decir, el grueso del funcionariado— la constituían antiguos profesores de instituto que, tras mucho recorrer de aquí para allá, habían reculado en el Ministerio; funcionarios que comenzaban a hacer carrera administrativa; empleados públicos de vieja y nueva data a quienes el destino de la educación nacional les importaba más bien poco y la lectura, menos que poco; y un amplio cuerpo administrativo que, por lo general, venía a engrosar las ya abultadas huestes de desidia, ineficiencia e ignorancia de buena parte de los ministerios de la nación.
Aturdido y preocupado por el lamentable nivel de lectura que mostraban los funcionarios, se me ocurrió la doble iniciativa de proponerle a la señora ministra de Educación de aquel entonces un programa interno que se llamara La hora de la lectura (o algo de ese estilo), para que todos los funcionarios (del Ministerio de Educación Nacional, repito) dedicásemos una hora al día de nuestro tiempo a leer y la iniciativa de hacer una encuesta interna anónima para establecer cuál era el verdadero nivel de lectura de los empleados del Ministerio que imparte las políticas educativas para todo el país. Este propósito hubiera podido llevarse adelante de manera más o menos sencilla bajo el lema “Vamos a dar ejemplo”, con el fin de mostrar que en el Ministerio de Educación se leían libros y que resultaba relativamente sencillo desasnar a una comunidad (cualquiera que ella fuera) siempre que hubiera decisión y voluntad política.
Al final no me atreví a pedir entrevista con la ministra. Probablemente me hubiera despachado con rapidez explicándome que los empleados no podían perder tiempo en esas nimiedades, que había que trabajar duro, que no podía permitirse una hora de ocio y de sinvergüencería al interior del Ministerio y un largo, triste y resabido etcétera.
Sea como fuere, apuesto que el promedio de lectura de los funcionarios del Ministerio de Educación Nacional de Colombia era en aquel entonces y sigue siendo hoy inferior al paupérrimo promedio de lectura del país. ¿No me creen? Hagamos la encuesta.