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Visita a Pompeya

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TURISTAS Y GUÍAS QUIEREN ENturbiar lo que ya es silencio. En la ciudad sólo habita la siniestra muerte. Muerte incesante, compañera única de las ruinas de lo que una vez fue Pompeya. La nueva urbe, contigua a la romana, no tiene el encanto y el desparpajo de la de antaño y es inconsciente acompañante de la de otrora.

En un solo día del año setenta y nueve fue sepultada por la lava una ciudad que llevaba siglos gestándose. Todavía intentaba sobreponerse y reconstruir lo que el terremoto del año sesenta y dos había arruinado. Como signada por un sino fatídico fue golpeada de nuevo y esta vez de manera definitiva por el ala negra de la muerte.

Hoy se ve una ciudad entera, pero muerta. Restos, en ocasiones casi intactos, de lo que una vez fue templo, vivienda, teatro, anfiteatro. Edificios en cuya penumbra todo es crepúsculo y ausencia. En algunas casas se puede apreciar, incólume, el mosaico de entrada o, incluso, todo el piso de la vivienda; en otras, se pueden contemplar frescos resquebrajados que exornaban las paredes y que aún hablan del boato y la alegría de aquella vida jovial y refinada de Roma; sus vivos colores hacían hermosos los días y llenaban de vivacidad esa tristeza que llaman vivir.

Vino el Vesubio a interrumpirlo todo en un instante. Como no comprendían lo que estaba sucediendo, no interrumpieron los pompeyanos sus quehaceres, sordos ante las advertencias de un volcán que estaba por petrificarlos; vino, con crudo embate, a inmovilizar y a hacer eterno el momento de unas vidas, de una ciudad, de una civilización. Un can se retuerce en el ardor de la lava; un hombre, plácido, yace como si hiciera la siesta; otro, apoyado sobre los codos, trata de evitar la tierra encendida que lo consume y lo momifica a un tiempo. Hay golpes en la vida que lo derrumban todo en un solo instante, Vesubio para nosotros de nuestra existencia toda. Así actúa la muerte, sin prórroga ni dilaciones y viene a interrumpir lo que acaecía en esas vidas y en esos mundos.

Nunca sabremos lo que se llevó, en aquel día remoto, la erupción del Vesubio como nunca conocemos lo que se lleva la muerte; nunca conoceremos cuántas angustias ni cuántas alegrías albergaban esos corazones; cuántas tristezas o cuántas dudas disimulaban los ornamentos de los edificios pompeyanos. Para algunos habrá truncado historias de amor hermosas y verdaderas, pero para otros habrá sido el fin de agobiantes fatigas, de penas lancinantes y perennes; el ocaso, quizá, de un amargo sabor de boca de una vida triste y sin esperanza. Así llegó, altanera, la muerte, la sabia y voraz prostituta a engullirlo todo, sin compasión. Y a mí, esta tarde remota en la que el Vesubio besaba Pompeya con su lengua de fuego me parece la más sincera y la más perfecta metáfora de la vida y de la muerte, aunque a veces nos empeñemos en olvidarla.

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