
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Hace 70 años, como hoy, las salas de cine se vaciaban por la proliferación de pantallas en otros lugares. Las reacciones fueron imágenes monumentales, proyectadas en dimensión y calidad inalcanzables para dispositivos más pequeños. Primero llegó el Cinerama, una pantalla curva gigante que envolvía a los espectadores con la proyección de tres tiras de película de 35 milímetros con cuatro perforaciones por fotograma, el estándar que desde 1909, y hasta la llegada del cine digital, dominó en todo el mundo. Después vino el Cinemascope, que reducía costos usando lentes para registrar imágenes de pantalla ancha en fotogramas de 35 milímetros. Hacia finales de 1953, más de la mitad de los cines de Estados Unidos habían instalado pantallas panorámicas, pero la ampliación excesiva producía imágenes borrosas y revelaba la textura de la película fotográfica. La magnificación de la realidad en la pantalla demandaba negativos más grandes. Y así nació VistaVision.
El inolvidable rostro de Grace Kelly conduciendo por la Costa Azul en Para atrapar al ladrón. El ejército egipcio ahogado por los muros de agua del Mar Rojo liberadas por Charlton Heston como Moisés en Los Diez Mandamientos. Audrey Hepburn en un vestido escarlata extendiendo como alas sus brazos vestidos con guantes blancos frente a la Victoria de Samotracia en Funny Face. La perturbadora Vértigo de Alfred Hitchcock, la monumental Centauros del desierto de John Ford y tantos otros referentes de la historia del cine fueron rodados con la película puesta de forma horizontal y exponiendo dos fotogramas a la vez para lograr una imagen más ancha, una idea que introdujo el jefe del departamento de cámaras de Paramount Pictures y se comercializó como VistaVision. Pero en tan solo siete años, las mejoras en la textura de la película fotográfica condenaron al VistaVision a la obsolescencia y al olvido. Hasta hoy.
Esta semana se estrenó en Colombia The Brutalist, el primer largometraje estadounidense filmado en VistaVision desde 1961 y probablemente una de las mejores películas del año. Adrien Brody encarna a László Tóth, un arquitecto judío húngaro superviviente del Holocausto, separado a la fuerza de su esposa y de su sobrina huérfana, que tras ser enviado al campo de concentración de Buchenwald, emigra a Estados Unidos. Mucho darán de qué hablar los innumerables matices de esta representación del llamado “sueño americano” o las tremendas actuaciones de Felicity Jones o Guy Pearce. Despertarán controversia las herramientas de inteligencia artificial con las que la empresa de software ucraniana Respeecher mejoró los diálogos en húngaro de los protagonistas. Pero, sobre todo, The Brutalist es una fuente de imágenes poderosas y llenas de significado en una era de impresiones desechables.
Cada día se comparten alrededor de 1.300 millones de fotos en la red social Instagram, la más conocida por su contenido visual. Tomaría un poco más de 40 años admirarlas todas deteniéndose en cada una apenas por un segundo. Y en su mayoría, ni eso merecen. Se han convertido en otra forma de excreción humana, algo que simplemente dejamos atrás durante nuestro paso por el mundo.
The Brutalist rescata una tecnología abandonada para construir con imágenes memorables una catedral de la experiencia humana. Usa la forma de los melodramas clásicos de la década de 1950 y el controversial estilo arquitectónico que emergió durante esa misma época para componer un relato con potentes ecos en nuestro tiempo, una historia de migración, de ambición artística y del legado de una vida humana. En tiempos en que la palabra “contenido” es sinónimo de la producción masiva de impresiones fugaces, esta película es un oasis de sensaciones que no desaparecen al deslizar el pulgar.