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En un pálido desierto que resplandece bajo el sol, un hombre arrastra fuera de una camioneta blanca un cuerpo que se retuerce. Tras arrojarlo pesadamente al agujero que acaba de cavar, lo libera de la mordaza. No hay nadie alrededor que pueda escuchar sus gritos. ¿Es el hombre que está a punto de enterrar vivo el torturador que le destrozó la vida y cree haber reconocido por el sonido de su pierna prostética? Así comienza Un simple accidente, la más reciente película del director iraní Jafar Panahí, ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes, una historia sobre las consecuencias de la violencia con ecos en nuestro país, en donde esta semana se conmemoran 40 años del asalto al Palacio de Justicia y se extiende la controversia alrededor de un reciente intento por retratar esa tragedia en el cine.
Desde hace un par de décadas, el cine iraní es considerado uno de los más innovadores y relevantes de mundo, a la altura del neorrealismo italiano, la Nouvelle Vague francesa o el Cinema Novo brasilero. Sus obras han florecido en medido de la censura y las prohibiciones de la República Islámica. Panahí y otros cineastas se adaptaron de forma creativa a esas restricciones, utilizando metáforas y simbolismo que, además de eludir la censura, han dotado a sus películas de un alcance universal.
En 2010, Panahí fue arrestado y condenado a seis años de prisión y a una prohibición de 20 años para realizar películas y viajar, aunque continuó produciendo obras maestras como Esto no es una película, sacada en secreto para su proyección en Cannes. En 2022, fue detenido nuevamente cuando acudió a la fiscalía para seguir la situación de otros dos cineastas. Meses después inició una huelga de hambre, que terminó con su liberación y el levantamiento de las restricciones, permitiéndole presentar Un simple accidente en los principales festivales del mundo, incluyendo el de Toronto. Allí posiblemente se cruzó con el equipo de Noviembre, la película de Tomás Corredor en que se dramatiza la presunta perspectiva de rehenes y guerrilleros sitiados en uno de los baños del Palacio de Justicia durante la retoma.
A diferencia de otras producciones cinematográficas sobre la tragedia del Palacio de Justicia, como Siempreviva (2015), adaptación de la obra teatral de Miguel Torres dirigida por el Klych López, o la brillante Salvador (2022), con guion original y dirección de César Heredia, Noviembre se encierra dentro del Palacio para reconstruir con nombres propios eventos, reacciones y sentimientos sobre los que existe poca certeza. ¿Son sorprendentes las reacciones negativas de los familiares al ver en la pantalla a padres, madres, y hermanos encarnados en una ficción? Para ellos, esos nombres no son parlamentos en un guion sino historias truncadas, voces, miradas y abrazos que nunca volverán a sentir. Son silencio y ausencia. Son dolor que no se reduce a un evento en el pasado, como lo cuenta en su obra Helena Urán Bidegain, quien continúa su lucha para que la justicia colombiana reconozca que su padre, Carlos Horacio Urán Rojas, fue “rescatado del Palacio de Justicia, pero luego desaparecido, torturado y ejecutado extrajudicialmente”, como lo indica un fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Mientras en Un simple accidente personajes anónimos componen un complejo paisaje con muchos matices, en Noviembre personajes con nombres y apellidos aterrizan en una situación límite pintada con el tono único de los sentimientos exacerbados. Unos habitan un universo, los otros solo existen dentro de ese baño que, a pesar de las contundentes imágenes de archivo, no se distingue de otro cualquiera. A lo mejor por eso, como si faltara masa en la torta que prepararon, los realizadores de Noviembre nos hacen tragar como harina seca información adicional en unos carteles al final de la cinta. Es ese vacío creado por la superficialidad argumental el que se llena con sesgos y prejuicios, permite a unos y otros convertir una vez más el pasado en una pasta que se moldea en el presente y sirve de munición para aquellos que insisten en reducir a un único relato la profunda complejidad del mundo.
* Carlos Medellín Forero, magistrado asesinado durante la toma del Palacio de Justicia, es hermano de la abuela materna del autor.