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El mundo acaba de presenciar, una vez más y con el horror de siempre, cómo el Estado de Israel hace con miles de palestinos de la franja de Gaza, cosas muy parecidas a las que por tantos siglos sufrieron los judíos en manos de los más variados verdugos, desde Nabucodonosor y Tito hasta aquel mediocre pintor de Braunau.
Sólo que ahora no se trata de una venganza imperial ni del delirio de las razas mejores, sino de un recurso predecible que desde hace años tiene por objeto conservar una estabilidad política siniestra, que algún día les tenderemos que agradecer por igual a la incompetencia británica, la indolencia gringa, la soberbia sionista y el carácter incendiario de Hamás y otros cuantos dementes de la zona.
Y no se trata de exculpar aquí un horror con el otro, sino justamente de repetir, sin matices ni sutilezas mezquinas, la gran enseñanza del Holocausto: que no hay horror, por noble que suene, que merezca el sacrificio de tantas vidas inocentes. Una ingenuidad, claro, pero acaso nos consuele saber que en ella creyeron cínicos estupendos como Bertrand Russell y Voltaire.
Y aun Su Santidad el Papa Joseph Ratzinger. Lo digo, sin la menor ironía, al registrar una curiosa coincidencia teológica de estos días: mientras en Palestina se empezaban a barrer los escombros y los humos que había dejado el bombardeo, el Vaticano (más exactamente el Prefecto de la Congregación de los Obispos, por poder de Benedicto XVI) emitió un decreto levantando la excomunión que, en 1988, Roma les impuso al Arzobispo Lefebvre y 5 miembros más de su Fraternidad por haber realizado una consagración obispal sin el permiso pontificio. Lefebvre alzó los hombros, aun cuando lo acusaron de haber propiciado un acto cismático que le valió el exilio hasta la muerte.
Pero ahora los judíos del mundo han montado en cólera, porque el Papa decide reincorporar en los muros de Cristo a 4 Obispos con los que su corazón latinista debe de tener más de una simpatía; uno de ellos, vale aclararlo, dijo públicamente que en los campos de concentración había cámaras de gas, no para matar a nadie sino para desinfectar a más de uno. Y quién dijo miedo: el Rabinato de Israel, la mayor autoridad religiosa de ese Estado, mandó una carta durísima a Roma, advirtiendo de las funestas consecuencias que podía traer para las buenas relaciones de las dos comunidades, el recibimiento de un hijo pródigo tan erudito pero tan perverso.
No sé. Insisto en que un horror no exculpa al otro. Pero algún día el Rabinato de Israel tendrá que tragar grueso, cuando alguien recuerde que los radicales judíos –aunque muchos de ellos laicos, también es cierto– mataron a niños inocentes. Por terroristas.
Si tiene una duda o curiosidad sobre hechos históricos escriba a notastacitas@gmail.com