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Mucha nuez y pocos ruidos

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Casi siempre, al hablar del mundo moderno y de la era de los descubrimientos, de la democracia y del capitalismo, de la Ilustración y la Revolución, del Hombre, de la Ciencia, del Progreso, del Romanticismo, en fin, casi siempre se habla de todos los siglos cristianos menos del XVII, que ha pasado a la historia como una cenicienta antes de la fiesta, amarrando el corpiño de sus hermanastras entre ratones y ruiseñores.

Y, como en el cuento de Perrault, me parece una gran injusticia. Porque el siglo XVII es quizás el  más importante de Occidente –o bueno, no sé: porque también están el XII y el XV, y el IV, y el XIX–, y en él se anudaron muchos, muchísimos de los rasgos esenciales de eso que se llama la modernidad. Y aunque casi siempre la gente hable de Voltaire o de Napoleón (no de Hobbes ni de Spinoza, ni de Thomas Browne, ni de Gracián, ni de Pascal o Luis XIV), deberíamos inaugurar el hábito caprichoso de hablar, en cualquier momento, por asalto y porque sí, sobre este siglo maravilloso cuya historia enriquece la de todos los demás: los que fueron y los que serán.

Hoy voy a mencionar, por ejemplo, un modesto episodio de 1667. El 31 de julio de ese año, para ser precisos. Y fue cuando los holandeses y los ingleses, luego de dos guerras devastadoras en que se habían jugado, como si repartieran los naipes, el comercio del mundo y el destino de media Europa, firmaron en la ciudad de Breda por fin un acuerdo de paz.  Hay un cuadro de ese día, con todos los diplomáticos envueltos en sus pelucas y sus faldas, mientras las puntas de los sables van a dar a los toneles de cerveza.

Pero no es eso lo que me importa, sino un detalle geográfico, y comercial, que quedó escrito en el Tratado de Breda: los holandeses les exigen a los ingleses que dejen en paz el mercado de la nuez moscada en la isla de Run (abajo en el mar de Banda, por Indonesia), y ellos a cambio renuncian a la isla de Manhattan, en Norteamérica. Ya habían cedido también  la ciudad de Nueva Amsterdam, que en Londres se escribía de otra manera: Nueva York.

Todo por la nuez moscada. Increíble. Pero es que en esa época era un fruto prodigioso –cuya explotación los holandeses le habían robado a Portugal–, que servía para todo, aun para ahuyentar al fantasma de la peste. Fue así como la Compañía Holandesa de las Indias Orientales se hizo rica.

Aunque no lo suficiente. Todavía hoy, en Holanda, lloran a Nueva York. Perdón, a Nieuw Amsterdam.

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