Canción de cuna para mamá y papá

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En el 2016, Leila Slimani ganó el premio Goncourt a la mejor novela por su libro Chanson douce (Canción dulce). En él, describe el vertiginoso declive de una niñera que termina asesinando brutalmente a los niños que cuida. La historia, a la vez que provoca una impresionante tensión, genera un insaciable deseo de leer hasta la última palabra para quitarse el libro de encima lo más rápido posible. Más allá del tema central, basado en hechos reales, lo que llama la atención es la crudeza con la que describe una serie de situaciones aparentemente banales que trascienden la vivencia inherente al hecho de ser madre o padre, y que, por lo mismo, merecen una crítica reflexiva.

La primera de esas situaciones tiene que ver con el trepidante mundo del trabajo y en cómo ese mundo es capaz de afectar la vida de familias enteras y en particular de influenciar de forma negativa el desarrollo de los niños. En la mayoría de los contextos, la falta de flexibilidad laboral con las personas que tienen hijos pequeños es una bomba de tiempo contra la sociedad misma. Los niños terminan teniendo un ritmo de vida que parece un huracán: extensas jornadas en los colegios, activades extracurriculares no adaptadas a las edades, días enteros al cuidado de terceros que, aunque hacen lo mejor que pueden, no logran en ciertos casos reemplazar a una mamá o a un papá. La ausencia de tiempo para compartir en familia la vida cotidiana de los niños es, a mi parecer, una de las patologías sociales más dicientes de nuestro días. No basta con “sacarles un tiempo” el fin de semana, si no es posible estar realmente presente; y la disculpa que pregona que “a todos nos tocó así y no nos pasó nada” pierde cada vez más fuerza en una sociedad que vive del frenético ritmo del Internet y de las redes sociales. Cuando la ley olvida esa parte fundamental de la vida, o los empleadores no hacen uso de las alternativas que esta permite,  creyendo además que el mejor trabajador es el que deja el puesto bien caliente, están poniendo en riesgo no sólo la salud mental de las familias, sino también la tranquilidad de los niños.

A lo anterior se suman las ínfulas carrieristas de todos aquellos que tuvieron la oportunidad de estudiar algo o de hacer un buen negocio, para así ser alguien en la vida, y que están dispuestos a alcanzar “el éxito y el aplauso”, como dirían Les Luthiers, sacrificando lo que sea y dejando la responsabilidad de la crianza en otras manos. Slimani lo muestra con contundencia en su libro cuando los padres dejan que Louise, la niñera, haga más de lo que le piden sin recibir nada a cambio. En las familias burguesas de nuestro tiempo, máxime en una cultura como la nuestra, aún sigue muy anclado ese nefasto servilismo colonial que separa los amos de los súbditos. Se trata de una subcultura de la incapacidad latente y peligrosa: la de sacar a dar un paseo a sus hijos sin necesidad de empujar el coche, la de pedirle a alguien que cargue la pañalera, la de ordenar con tono de favor que alguien acompañe al niño o a la niña a la arenera mientras se hace una llamada rápida o se responde a un whatsapp o lo que sea. Y esto sin hablar de los contratos hechizo que tienen muchas de esas personas y que luego de dedicarle toda su vida y toda su energía a las familias, terminan sin pensión porque los patrones prefirieron ahorrarse esa plata para terminar comprando cualquier cosa en los outlets de la Florida.

Además, entre la falta de flexibilidad de los trabajos y la carrera, los padres aburguesados de hoy en día queremos no sólo controlarlo todo, sino también suplir la falta de tiempo con exageraciones: el flamante reloj que rastrea a los niños a través de una aplicación y que les permite llamarnos; el jardín infantil con cámaras para saber si les cambiaron el pañal, si lloraron, si nos extrañaron; el experticio profesional en educación para decirle a los profesores lo que deberían o no deberían hacer; las fiestas con los mejores magos, hechiceros, brujas, chamanes; los regalos excesivos y cada vez más originales; el deseo profundo de que se vean más grandes de lo que son y que sean estúpidamente mejores que otros niños antes que ser ellos mismos. En lugar de centrarnos en lo anterior, sería bueno pensar que, en el fondo, lo único que importa, es que nuestros hijos sean realmente felices y que puedan disfrutar de nuestra presencia de verdad y no con cuentagotas. Sólo así, evitaremos que los seres humanos en su niñez no terminen siendo educados por tiernos robots.

* Consultor e investigador en educación / University of Education, Freiburg (Alemania)

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