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En una columna publicada en EE el 24 de septiembre, la investigadora Luz Karime Abadía critica “la estrategia planteada por el Gobierno nacional de dejar en manos de cada entidad territorial la decisión de dar inicio a la reapertura” en colegios. Según ella, no existe “una política clara y efectiva en términos de acciones y recursos para hacer frente a esta crisis”, lo cual es un detonante para seguir promoviendo la desigualdad educativa entre las regiones y entre las instituciones públicas y privadas.
No hay que ir muy lejos para darse cuenta de la imperativa necesidad de que los niños vuelvan a clase, máxime cuando la reapertura progresiva es una realidad. De hecho, será muy difícil volver atrás por razones económicas evidentes, por salud mental y porque si no nos acostumbramos a convivir con el virus, respetando las normas básicas de higiene, no podremos volver a tener algo parecido a una vida normal.
La decisión del gobierno de darle espacio a cada entidad territorial de manejar la reapertura de los colegios tendría sentido en un país donde existen estructuras descentralizadas sólidas que no sólo saben actuar en las regiones, sino también están en contacto permanente unas con otras. Es evidente que como estas estructuras no existen en Colombia, da la sensación de que el gobierno se está lavando un poco las manos desde el comienzo por si algo sale mal. Se trata por desgracia de una filosofía a la cual nuestros gobernantes nos han ido acostumbrando a rajatabla en diferentes escenarios y cuya consecuencia es un cansancio generalizado, el cual tiende a generar violencia.
Sigue haciendo falta liderazgo por parte del Ministerio de Educación para coordinar con mayor claridad con el Ministerio de Salud y Protección Social el anhelado regreso a clase. Sin duda se hablan entre ellos, pero no existe la sensación de un trabajo en equipo, bien desarrollado y dispuesto a poner en marcha todo el funcionamiento educativo de un país de la manera más equitativa y segura posible. Es muy probable que volvamos a ver la misma colcha de retazos de siempre.
Un ejemplo concreto es la ausencia de documentos de investigación que expliquen con mayor claridad hasta qué punto el uso del tapabocas es una necesidad para los niños menores de seis años. Colocar a estos niños en condiciones similares a las que presenta esta foto podría tener consecuencias en su desarrollo y en la manera como perciben el mundo. Es entendible que la intención es protegerlos, pero en otros países niños de esas mismas edades tienen la libertad no sólo de prescindir del tapabocas, sino además de estar cerca de sus compañeros de clase. ¿La razón? Estas condiciones no han hecho que el virus se propague con mayor intensidad.
¿Alguien está investigando cómo se manejó la reapertura de los colegios en otros contextos y qué se puede aprender de este manejo? ¿Existe un documento oficial del Ministerio de Educación que dé cuenta de experiencias significativas sobre el regreso al colegio en tiempos de pandemia? ¿Los embajadores colombianos en otros países dan cuenta al gobierno de estas experiencias?
La chespiritesca estrategia del “sálvese quien pueda”, descrita por L. Abadía, radica en parte en esa falta de investigación a la que nos tienen acostumbrados nuestras instituciones. En lugar de ir recorriendo un camino sustentado en estudios concretos, nuestros gobernantes se aferran al Divino Niño y a sus potenciales milagros. En el seno de las instituciones estatales, una gran parte de los políticos de turno que nos representan se dividen entre gente no apta para el cargo y experimentados tecnócratas de medio pelo que piensan más en sus intereses personales que en la vida de los colombianos. Así, la educación en nuestro país seguirá siendo una educación a medias; un relleno de conocimientos mal pegados, cuyos alcances no dan para que aquellos niños que lleguen algún día al poder tengan la capacidad de revertir el sino de lo que se ha vivido en materia educativa.
@jfcarrillog