Esas malditas camisetas

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Hay un almacén de artesanías y recuerdos colombianos en Usaquén, como lo habrá sin duda en otras partes del país, donde en medio de las chivas, las mochilas y el café, venden sin ningún tipo de remordimiento esas malditas camisetas con la cara de pablo escobar (con minúscula).

Da rabia entrar al almacén y pensar en el impacto simbólico que genera la venta de este producto en nuestro contexto. Es posible que para el turista la camiseta tenga ese hálito de “aventura”, de riesgo, de “estuve en ese país y mire lo que traje”. Es posible que se visite Colombia con la ignorancia a flor de piel y la incomprensión manifiesta del daño que ocasionó ese tipo en nuestra sociedad. Todo esto es posible y hasta perdonable: las personas que vienen a visitar Colombia no tienen por qué sabérselas todas y pueden pecar por torpes sin querer queriendo, máxime cuando hoy en día todavía hay gente que se toma selfis en las duchas de los campos de concentración. No debería ser así, pero es difícil de evitar.

Lo que sí es inaceptable es que negocios manejados por gente de acá sigan promocionando ese tipo de artículos. En su caso nada los defiende: ni el hecho de que la televisión se haya encargado de potenciar esa apología; ni la disculpa según la cual “si no lo vendo yo, igual lo va a vender otro”; ni la respuesta de la vendedora del almacén cuando al expresarle mi desazón al ver lo que estaban haciendo dijo con un aire de desdén y hostilidad total: “igual no es su problema, acá vendemos lo que la gente compra”. ¿Y si la gente comprara armas, venderían armas? ¿Y si la gente comprara camisetas de la guerrilla y de los paramilitares, las venderían? Seguro que sí, porque de eso se trata el negocio: de hacer lo que nos dé la gana sin ningún tipo de ética.

El problema es evidente y recae una vez más, como en la gran mayoría de estos casos, en la manera cómo estamos siendo educados. ¿Se imaginan que en la Alemania de la posguerra hubieran vendido en las esquinas recuerdos con la cara de Hitler?

El problema en nuestro caso es que no se nos está explicando con claridad la gravedad de lo que ha sido nuestro conflicto. Una de las más recientes caricaturas de Matador simboliza muy bien esa ausencia gubernamental y cómo no existe hoy en día, ni ha habido en los últimos años, un proyecto político serio capaz de hacernos ver y entender con claridad cuál es nuestra realidad: la de los líderes sociales asesinados, la de los candidatos asesinados, la del statu quo para favorecer una posible guerra para seguramente favorecer un par de inversiones, la del irrespeto total por el medio ambiente, la de ese país que no ha sabido cómo lidiar con la droga y sigue de rodillas ante los que la controlan. Pasó recientemente con esa terrible y escalofriante amenaza a la fiscal en el Valle y seguirá pasando: el preludio de lo peor, o más bien de lo que se está volviendo noticia todos los días y por ende se está normalizando, sigue formando parte de nuestro día a día y nos va anestesiando hasta extinguir cualquier forma de sensibilidad.

Intento en vano no ser pesimista, pero hacer un esfuerzo por ver el vaso medio lleno no es tan sencillo teniendo en cuenta los últimos acontecimientos. Es importante estar atentos ya que es posible que esté llegando, sin que nos demos cuenta, ese día fatal en el que estas noticias no nos conmuevan en lo más mínimo. Es posible que llegue un día, como sucedió en otra época, en que tener suerte significaba no haber sido víctima de un acto de violencia: de un carro bomba, de un secuestro, de un asesinato. Que llegue un día, como cualquier otro, en el que la democracia en Colombia termine siendo un absoluto disparate y donde solo se pueda imponer y prevalezca la ley de la selva. Una democracia donde los únicos candidatos sean los que se han salvado de las balas, donde no existen los fiscales, donde los corruptos viven a sus anchas y donde la oposición política es un saludo a la bandera. Sin ser conscientes, podemos estar entrando de nuevo en esa terrible espiral de violencia perenne que no queremos ver e ignoramos a toda costa porque pese a todo tenemos que seguir viviendo. Ya nos ha pasado en muchas ocasiones, y por más esfuerzos que se hayan hecho para no perder la memoria, seguimos vendiendo esas camisetas, esas malditas camisetas que simbolizan lo poco que hemos aprendido y lo complejo que sigue siendo entender lo que pasa en Colombia. A los propietarios de ese almacén y de otros almacenes que promocionan ese tipo de productos: por favor no sigan haciendo negocio con las desgracias de nuestro país.

@jfcarrillog

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