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Como la gran mayoría de colombianos y colombianas quiero mucho a Colombia. No importa a dónde vayamos o dónde vivimos, Colombia siempre nos persigue como ese paraíso perdido que, pese a tanta violencia y tantos problemas internos, sigue ahí. Ese paraíso de naturaleza desbordante y gente amable que intenta mantenerse vivo: Colombia sufre, Colombia lucha, Colombia se resiste. A veces pareciera tener vida propia; a veces pareciera entender que quienes pretenden destruirla a diario no son más que unos intrusos, cuya existencia tiene los años contados. Cada mañana Colombia se levanta, sobrevive y se vuelve a acostar sin dejar de perder la esperanza de que vendrán días mejores. Esa esperanza la mantiene viva, le da fuerzas para seguir adelante y no dejarse amilanar por las impertinencias de sus habitantes.
Es triste levantarse con Colombia y darse cuenta de que no sólo sus heridas de otrora siguen emanando el hedor del odio y de la muerte, sino también de que se siguen abriendo nuevas heridas cuya curación parece incierta. No hace mucho tiempo Colombia fue invitada a vivir en paz y se preparó para esa nueva experiencia como el que se prepara para regresar a casa después del exilio. Colombia se creyó el cuento e intentó ponerse su mejor traje para ese momento y pidió ayuda de una gran parte de su sociedad, y de otras latitudes, y la recibió. Sin embargo, con el pasar de los días, Colombia fue confirmando dos cosas: por una parte, cómo se han ido bajando del bus algunos de los que la invitaron a esa paz; y por otra, cómo algunos de los intrusos que viven en ella prefieren verla herida y ojalá agonizante, y hacen todo lo posible para mantener ese statu quo, o peor aún, intentan dar marchar atrás a todo lo positivo que pueda beneficiarla en términos de calidad de vida, de bienestar, de no violencia. ¿Qué le está pasando a Colombia que cuando pareciera estar saliendo del agua se vuelve a hundir como si nada?
Es muy difícil responder de manera concreta a esta pregunta. Sin embargo, sí hemos visto desde la llegada de Duque a la Presidencia unos cambios negativos en relación con la construcción de paz y la ilusión de tener un mejor país. Y más que la llegada de Duque puede que el problema sea la omnipresencia de su partido, cuyo proceder y mentalidad son contrarios a toda esperanza de cambio en aras de una sociedad mejor. Esto no significa que los demás partidos no deban asumir también una parte de la responsabilidad. El discurso polarizado que manejan unos y otros va en la línea de la actitud del saliente presidente del Congreso, cuyo deseo constante por no sólo querer el poder, sino por querer dominarlo todo sin pensar en los intereses de la sociedad, ha llevado por ejemplo a entorpecer la búsqueda de soluciones concretas para frenar los asesinatos de los líderes sociales y a no querer defender la lucha contra la corrupción. No se sabe a ciencia cierta qué piensa realmente Duque sobre estos temas: a veces da la impresión de querer nadar contra la corriente de su partido; otras veces se acomoda sin problema a sus dictámenes. Esa maleabilidad presidencial lo hacen ver como una persona débil de carácter y poco convincente para seguir ese impulso de paz que, aunque imperfecto, estaba muy presente.
Ahora, y espero equivocarme, da la impresión de que Colombia está entrando una vez más en una de esas fases de violencia, cuyo desenlace es impredecible. Situaciones como la de los rompevidrios, los descuartizados, la violencia infantil, el asesinato de la abogada Yamile Guerra y de tantas personas bien intencionadas, y los recientes panfletos en Engativá que pregonan una “irrevocable decisión de combatir la violencia con violencia” (disculpándose de forma absurda si cae gente inocente) son sintomáticos de que algo no va bien. Los editoriales de los dos principales diarios de Colombia luchan con frecuencia para ponernos al tanto de lo que está pasando y, pese a todo, estamos lejos de darnos cuenta del alcance. ¿Y ahora quién podrá defendernos? Pedirle cordura de estadista a Duque sería demasiado. Esperar que los congresistas politiqueros reaccionen sería utópico. Pensar que la ya maltrecha paz establecida con las Farc siga siendo el camino sería inocente. Me cuesta trabajo aceptar que no hay respuestas para intentar entender hasta cuándo Colombia tendrá que seguir soportando todo lo malo que le pasa. Por fortuna, Colombia es valiente y lo seguirá siendo. Esperemos que ese valor le permita algún día tener un mejor futuro.
@jfcarrillog