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La tormenta racista

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Manifestarse sobre el asesinato de George Floyd es una responsabilidad moral. Así lo han hecho miles de personas en el mundo y ojalá se siga haciendo por un buen tiempo. Me gustaría hacer parte de esta protesta escribiendo sobre lo que le sucedió a Christian Cooper hace unos días en el Central Park de Nueva York.

Christian Cooper estaba avistando aves en el parque cuando le pidió a Amy Cooper (sí, el mismo apellido) que por favor le pusiera la correa a su perro. La reacción de Amy C., como lo muestra este video, fue totalmente desproporcionada: en lugar de acogerse a la petición de su interlocutor o expresar su desacuerdo, decidió llamar a la policía y denunciar que un “afroamericano” la estaba atacando. Por fortuna, Christian C. tuvo el reflejo de grabar lo acontecido y así dejar un rastro muy claro de que la muerte de George Floyd es una muestra contundente de la tormenta racista que sigue arrasando el mundo y de manera particular Estados Unidos.

En un artículo publicado por académicos de Harvard (la misma universidad de la que es graduado Christian C.), se explica cómo los esfuerzos de la administración Obama para reducir la discriminación racial entre 2009 y 2016 fueron pisoteados por Trump desde 2017. Pero este último, por más peligroso y estúpido que sea, está lejos de ser el único responsable de lo que sigue pasando: el racismo en Estados Unidos, y en otros países incluido Colombia, no solo está anclado en las estructuras institucionales desde tiempos inmemoriales, sino también en las relaciones interpersonales como bien lo muestra el caso de los Cooper y la entrevista titulada “Cuando el racismo llega a casa” publicada el 8 de junio por EE.

El impacto de esa actitud racista en la sociedad es la piedra angular de casos como el de George Floyd. El policía que lo asesinó representa a personas como Amy C., quien a su vez representa a miles de personas, cuyo trato cotidiano con el otro es casi más peligroso que la misma violencia física. La tormenta racista viene muchas veces acompañada de actitudes sutiles y de comentarios casi imperceptibles que, como la tortura de la gota que cae de forma repetida sobre la frente, terminan dejando una profunda herida que rara vez sana con el pasar del tiempo. Como lo evocan los autores del artículo, las diferentes formas de racismo pueden provocar en las personas un estrés crónico que puede afectar de manera permanente su salud física y mental.

En medio de esta indignación contra el racismo propio de las estructuras institucionales y de sus agentes, vale la pena preguntarse hasta dónde las personas comunes y corrientes hemos sido y seguimos siendo vectores de comportamientos racistas, discriminatorios y machistas. Aunque es difícil responder a esta pregunta y seguramente el simple hecho de formularla nos ofendería, no está de más reflexionar un poco al respecto y pensar cuál es nuestra responsabilidad en esa cadena racista que va de aquellos comportamientos que a veces ni siquiera se pueden ver, hasta la rodilla del policía en el cuello de George Floyd.

Las instituciones no van a cambiar si no se trabaja de manera contundente en cambiar la mentalidad de la sociedad. Si un país como Estados Unidos, que viene lidiando con este tema desde hace varias décadas, no ha logrado salir de lo que parece un callejón sin salida, cuesta trabajo imaginar lo que pasa en otros contextos. Al final, a Amy C. la despidieron de su trabajo, pidió disculpas, expresó que no es racista y confirmó que su vida ha sido un infierno desde entonces. Y a pesar de que Christian C. confía en la sinceridad de dichas disculpas, comparto su manera de pensar cuando dice que “no está seguro si en esas disculpas ella reconoce que, mientras declara que no es o no se considera racista, su acto fue definitivamente racista”. De nada vale declararse defensor de los Derechos Humanos, buen ciudadano, ejemplo de virtud, amigo de la diversidad y hasta “buena gente”, si nuestros actos demuestran lo contrario. Podremos ponernos la etiqueta que queramos, pero si no actuamos en consecuencia de nada servirá. Los actos de racismo están a la vuelta de la esquina y es nuestro deber ser conscientes de ello.

@jfcarrillog

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