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La seguridad y los seguros

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El buen hombre se levantó a las seis de la mañana. Junto a su taza humeante de café, reposaba el periódico del día que recién acababa de llegar.

Se había pensionado hace algunos años, sus hijos ya eran mayores y, aunque sin grandes lujos, él y su esposa vivían con cierta comodidad. Su vivienda, en un estrato acomodado de la capital, ya estaba pagada y su carro familiar de apenas cinco años todavía tenía una vida útil razonable por delante. Tras el primer sorbo, leyó las primeras noticias. Era dos noticias vanales, con apenas una columna, de las que se utilizan para completar huecos en las secciones cuando las noticias principales se han quedado cortas. Un accidente de tráfico en Bogotá y el desplome de unos apartamentos en un acomodado sector de Medellín.

El anciano pensó en sí mismo y en su entorno. Tras echar un vistazo a su alrededor imaginó qué ocurriría si cualquiera de aquellas dos tragedias le ocurrieran a él. Ingenuamente, pensó que alguien respondería porque, siempre, alguien sería responsable. Y siguió pensando, cada vez con menos convicción, si efectivamente eso sería así.

Los días pasaron y, la sobra de la duda, lo seguía atormentando. Tras consultar y averiguar entre conocidos y amigos, su ingenuidad dio paso a una incredulidad que transitaba hacia la sorpresa y la indignación. El buen señor averiguó que, en Colombia, el seguro obligatorio que tenía, el SOAT, sólo cubría –y hasta un cierto tope- los gastos en salud ocasionados por un accidente. No obstante, si era culpable de un daño a un tercero, sería él, con la totalidad de su modesto patrimonio, quien debería responder. No obstante, también le informaron de que, en la mayoría de los casos, muchos conductores no tenían bienes y, simplemente, si lo colisionaban y él era el perjudicado, el daño sería incobrable. En últimas, en ese caso, y aun no siendo culpable, también su modesto patrimonio se vería afectado.

Al buen señor me lo encontré hace unos días y, atribuyéndome una enorme autoridad jurídica, me consultó si efectivamente eso era así tal y cómo le habían contado. No me quedó más remedio que confirmarle sus temores.

“Pero doctor” – me dijo- “¿sabe lo que es peor? Eso también pasa con el apartamento. Si el vecino de arriba lo inunda a uno de agua o el de debajo te incendia el apartamento, la situación es la misma porque muy poca gente tiene asegurada la casa”. Tras poner cara de preocupación, añadió: “Y si no van a tener para pagar los daños en su casa, ¿cómo van a pagar la de los demás?”

No fue necesario contestarle. Ambos sabíamos que la única solución es prevenir los daños personalmente. “Mi doctor, lo que yo me pregunto, es por qué a nadie se le ha ocurrido hacer eso obligatorio. Sería lo lógico y así todos estaríamos más tranquilos y más seguros”. En esta ocasión, sí tuve que contradecirle. Le conté que, en todos los países europeos y en la mayoría  de los norteamericanos y asiáticos, el seguro de responsabilidad para vehículos para daños contra terceros es obligatorio e, igualmente, en muchos de esos países, también lo es el seguro de vivienda para quienes habitan en régimen de propiedad horizontal.

El buen señor guardó unos segundos como asimilando la situación: “¿Y por qué aquí, al menos, el seguro de los carros no lo es?”. Sólo sonreí. Yo también con los años he aprendido que soy un hombre con más preguntas que respuestas. 

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