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Deténgase un momento y piense la cantidad de veces que, teniendo ganas de salir a comer fuera con su familia o visitar a algún familiar que vive en un barrio que no es el suyo, ha desistido de tal empresa al pensar sólo en el tiempo que va a necesitar para realizar su desplazamiento.
Dicho de otra manera, si usted vive en Bogotá, y desea salir de su barrio debe enfrentarse a un largo trancón o a acudir a un lugar cercano. Una suerte de secuestro urbano institucionalizado.
¿A qué se debe esta realidad? Fundamentalmente a tres razones: A) Un estado pésimo de la red vial. B) Ausencia de control de entrada de automóviles a la red vial. C) Ausencia de sistemas alternativos eficientes de transporte público al transporte privado. Hasta aquí nada que no sepamos. Todos sabemos que en Bogotá los huecos son una vergüenza nacional, que cada vez hay más carros y se circula peor y que el transporte público dista mucho de ser una alternativa real aunque, es indudable, que el existente -salvo las vergonzantes busetas indignas de una ciudad moderna- palían esta tragedia. A pesar del desastre, ¿se imaginan una Bogotá sin Transmilenio? Sería pasar de la desgracia a la tragedia.
La solución al problema tampoco es un secreto. Es imprescindible una política de inversión pública en infraestructuras en Bogotá que, por un lado, otorgue un mantenimiento que repare la red vial urbana en un periodo de tiempo corto – tape huecos y grietas- así como realice obras de mejora esenciales en dicha red. Sirva de ejemplo la necesidad de pasos deprimidos que eviten los semáforos y los trancones en las vías esenciales de la ciudad. Por otro lado, la creación del metro comenzará a paliar el problema; pero sólo paliarlo. Quienes hemos vivido en ciudades con grandes metros, sabemos que su construcción dura décadas o, como en caso de los metros de New York o Madrid, siglos.
Estos, a mi juicio, son los problemas y soluciones de superficie pero no son los de base. Si no fuera así, ¿por qué no hemos sido capaces de solventar un problema que todos conocemos y que tiene carácter esencial? Razones marginales pueden existir muchas pero, a mi juicio, hay una que es esencial: La inoperancia del sistema jurídico. Colombia se fundó en la creencia de que las leyes solventan cualquier cosa. Una creencia que atribuye un carácter mágico a cualquier norma que se dicte. Ello ha llevado al país a dotarse de un ordenamiento jurídico elefantiásico que no es capaz de moverse. Mil normas que nadie está seguro de conocer del todo. Licitar una carretera es una tarea ingente que ante la menor contrariedad –y si no acuérdense los bogotanos de la vía Girardot-, se vuelve una tarea casi imposible. Si a ello añadimos el hecho de que los funcionarios honrados que controlan recursos públicos viven muertos de miedo a ser investigados y que el propio sistema invierte, casi más tiempo, en controlar el cumplimiento a garantizar el cumplimiento, el desarrollo de los proyectos se vuelve una locura. Y lo paradójico es que, haciendo todo eso, no sólo no se construye como se debe –o simplemente no se construye- sino que además los corruptos roban los recursos públicos sin mayores inconvenientes –sirva de ejemplo paradigmático el Caso Nule en Bogotá-.
La inoperancia del sistema es tal que, en Bogotá, un ciudadano que venda arepas enfrente del Congreso, es capaz de ganar una tutela por su pretendida violación del derecho al trabajo. No importa que vulnere las normas que protegen el espacio público, ni las que regulan el ejercicio del comercio, ni tan siquiera la normativa sanitaria para la venta de alimentos. Toda la normativa existe y ninguna, ni se respeta, ni se impone. ¿Si no se es capaz de hacerse con los vendedores ambulantes, cómo va a ser posible con una cuestión tan compleja como las infraestructuras y los terribles intereses económicos que encierran?
@jfod