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Algo va mal

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EL 29 DE ABRIL DEL AÑO PASADO, The New York Review of Books publicó dos textos del historiador Tony Judt.

Uno era “Carta abierta sobre la ELA”, una suerte de llamado de atención al público sobre la enfermedad que Judt venía sufriendo durante el último año: la esclerosis lateral amiotrófica.La enfermedad le había sido diagnosticada en 2008; desde octubre de 2009, Judt había vivido paralizado del cuello para abajo. Todo lo cual, sin embargo, no le impidió seguir escribiendo, y una de las cosas que escribió en esa época era el segundo texto del 29 de abril: “Ill Fares the Land”, un ensayo extenso sobre el momento político y económico que nos tocó vivir y sobre qué podemos hacer para remediar los destrozos. El ensayo salía del libro del mismo título, que Judt publicaba por esos días y cuya traducción española, titulada Algo va mal, fue publicada en septiembre. Tony Judt no alcanzó a saber de ella: murió el 6 de agosto. Pues bien, yo acabo de leer el libro. Si estuviera en mis manos, Algo va mal sería lectura obligatoria y material de debate en todas las carreras de todas las universidades colombianas. Y eso por decirlo con prudencia.

Para ser un libro tan breve, Algo va mal es muchas cosas: una defensa apasionada de eso que hemos dado en llamar socialdemocracia, un duro cuestionamiento del culto de lo privado, una puesta en picota de la mentalidad utilitarista y amoral que gobierna en la mayoría de las economías occidentales. Pero es sobre todo un intento por levantar, desde la izquierda, el nivel de lo que Judt llama la conversación pública. “Nuestro problema no es qué hacer”, escribe, “es cómo hablar de ello”. Y es fácil ver a qué se refiere. Para Judt, las nuevas generaciones (digamos los hijos de los 80 y los 90) están más conscientes que nunca del mundo lamentable que les ha tocado en suerte; pero ahora, después de treinta años de capitalismo sin freno ni control, de reducción del papel del Estado a su cuota mínima, han perdido u olvidado las palabras para describir lo que pasa y para hablar de lo que puede hacerse. Hundidas en el legado de Reagan y Clinton y Bush y Thatcher y Blair, parece decir el libro, las nuevas generaciones han caído en el cinismo o en el desespero o en la apatía, pero en todo caso —y esto es lo grave— en el silencio.

Y sí, es cierto que el libro tiene una perspectiva fundamentalmente anglosajona, pero sería un error creer que sus ideas no son pertinentes en el resto del mundo occidental, y aun más allá. Después de todo, muchas de las ideas del libro llevan décadas e incluso siglos sobre la faz del planeta. Por ejemplo ésta, del en mala hora menospreciado John Maynard Keynes: “Cuando nos permitamos desobedecer a la prueba de las utilidades, habremos comenzado a cambiar nuestra civilización”. O ésta, del mismo Adam Smith que los defensores del capitalismo sin restricciones suelen citar para apoyarse: “La gran canalla de la humanidad son los admiradores y adoradores —y, lo cual parece aún más extraordinario, los admiradores y adoradores desinteresados— de la riqueza”. En últimas, el objetivo del libro es hacer que palabras como Ética, Prudencia y Justicia vuelvan a hacer parte del debate público sin que nadie se sonroje, sin idealismos tontos ni utopías en el horizonte. Sólo por eso vale la pena.

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