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Con mucho retraso (con lamentable retraso) leo ¡Calcio!, la última novela de Juan Esteban Constaín.
Es el tipo de libros cuyo destino es el malentendido o el prejuicio: para algunos se tratará de una novela sobre el fútbol; para otros, de un divertimento borgiano, una versión de “Los teólogos” que no habla de Dios, sino de balones, y que no tiene diez páginas, sino doscientas. Pues bien, el libro es ambas cosas, pero además cuenta con un elemento que no es fácil de señalar, algo que va más allá del temperamento lúdico y del talento de ventrílocuo de Constaín. Éstas son virtudes formales, y Constaín es un prosista de formas impecables: no hay muchos que tengan un sentido de la frase tan desarrollado como el suyo. (Constaín, traductor de griegos y latinos, es la prueba viviente de que la traducción puede muy bien ser la mejor escuela de escritura). Pero dudo que las virtudes formales alcancen para explicar lo que la historia tiene de conmovedora. Eso habrá que buscarlo en otra parte.
El asunto de la novela es así: dos profesores, Richard Sutcliffe y Arnaldo Momigliano, llegan a Oxford para dedicarse a los estudios clásicos. El italiano es un judío refugiado y becado por la universidad; el inglés es, bueno, inglés. Un día reciben una invitación halagüeña: ir al “zoológico”, que es como los académicos se refieren a una competencia (más o menos) amigable en que deben dar un discurso improvisado sobre un tema improvisado. A Sutcliffe le toca hablar de las fábulas de Fedro. Lo hace bien. A Momigliano le toca hablar de juegos de pelota en la antigüedad. Lo hace maravillosamente, salvo por un detalle: en su intervención se atreve a sugerir que el fútbol se inventó en Italia. Esto no sería grave en otra parte del mundo. Pero están en Inglaterra: el honor británico está en juego. Así que el pobre tipo acaba viajando a los archivos históricos de Florencia, y allí descubre los documentos que hablan del primer partido de fútbol, o de calcio, que es como los florentinos del siglo XVI llamaban a ese juego. No es un partido cualquiera, porque sucede en pleno sitio de Florencia, y lo juegan los florentinos sitiados contra los españoles que los sitiaron. Constaín inventa que en ese partido se dirimirá la batalla. “El fútbol es la guerra sin los disparos”, dijo Orwell. Constaín lleva la idea un paso más lejos.
Gonzalo Jiménez de Quesada cuenta el partido como si tuviera un micrófono en la mano. Maquiavelo escribe un libro sobre fútbol. Plagado de apócrifos, ¡Calcio! es la mamadera de gallo llevada al terreno intelectual. A Constaín le gusta el juego, y en su novela aparecen un librero de nombre Felipe Ossa, una alusión a una novela de Rafael Baena e incluso un jugador indiano que salta con el puño en alto para meter, con la mano, un gol tramposo y definitivo. (La novela está dedicada a “ese D10S argentino”). Pero en medio de los chistes privados y los libros ficticios se asoma, con cierto pudor, un relato sobre la amistad.
Así que no: Constaín no ha escrito (solamente) una novela sobre fútbol. La suya es una novela erudita sin ser solemne, brutalmente divertida pero nunca chabacana. Uno la lee con una sonrisa en la boca, y no sabe nunca si se la produce el humor elegante o la satisfacción de la prosa. ¿Qué más se puede pedir?