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LA ANÉCDOTA LA TRAE LUIS H. Aristizábal en su inteligente y breve y divertidísima y rigurosa biografía de Germán Arciniegas: Un joven de cien años.
En 1909, apartado temporalmente del gobierno que venía ejerciendo cada vez con más oposición y menos popularidad, despreciado por la genuina indignación que los tratados con Estados Unidos sobre el asunto de Panamá había despertado en la gente colombiana, el general Rafael Reyes acabó un buen día por salir del cargo y del país por la puerta trasera. Estaba invitado a un banquete que la sociedad de Santa Marta ofrecía en su honor, y lo primero que los anfitriones supieron, después de preguntar por qué se demoraba tanto el presidente, fue que el presidente estaba a bordo de un vapor trasatlántico con destino a Europa. Estuvo en Hamburgo, en París y en Lausana, según lo cuenta Aristizábal, y luego llegó a Madrid. Allí se contrató a sí mismo para un empleo de tiempo completo: intrigante. Su objetivo: ser nombrado representante de Colombia para el centenario de la Independencia. Enterado de aquello, Carlos E. Restrepo, que había asumido el poder tras un presidente interino, mandó un telegrama al embajador colombiano en España: “Nombrado Hernando Holguín y Caro. Tendremos en cuenta general Reyes para próximo centenario”.
No sé por qué esta anécdota me hace pensar en el año pasado, en las celebraciones, en las críticas a las celebraciones, en las críticas a esas críticas. Y especialmente en lo rápido que se fue todo: lo rápido que se recogieron los toldos de las fiestas y se fue cada uno para su casa. Digan la verdad: ¿se acuerdan ustedes de cómo era el 2010? Yo me acuerdo de que había globos y congresos y debates y me acuerdo de que todo el mundo, pero todo el mundo, tenía una opinión sobre el Bicentenario. Luego el calendario hizo lo que suelen hacer los calendarios, acabarse, y comenzó el 2011 y las preocupaciones grandilocuentes con que nuestra clase política se llenó la boca, así como los lamentos por nuestro pasado y las protestas por nuestro presente y las profecías sobre nuestro futuro, se hicieron de golpe invisibles. Se acabó la fiesta y echaron a la gente y se cerró la puerta y se apagaron las luces y los colombianos nos quedamos un poco como el general Rafael Reyes se quedó en Madrid: postergado. Colombianos: los tendremos en cuenta para el próximo centenario.
Y en medio del repentino olvido, del cambio de prioridades, del agotamiento de los presupuestos para celebraciones, por ahí se quedaron regadas algunas publicaciones que, con un poco de suerte, nos permitirán a nosotros hacer lo que nuestros dirigentes no hacen: pensar en lo mismo más de diez minutos. Una de ellas es Colombia 1910-2010, una recopilación de largos ensayos editada por María Teresa Calderón e Isabela Restrepo. Allí escriben —en orden de aparición, como en las películas— Eduardo Posada Carbó y Daniel Pécaut y José Antonio Ocampo. Rodrigo Pardo y Juan Gabriel Tokatlian escriben al alimón y Renán Silva, que escribe solo, deja flotar en su artículo los fantasmas declarados de Eric Hobsbawn y Jorge Orlando Melo. Esos fantasmas, los de la Historia pura y dura, hacen presencia en todo este libro extraordinario, una suerte de manual de instrucciones para los últimos cien años. A ver si entendemos cómo es que funciona este aparato.