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El miedo al laicismo

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La semana pasada, el Papa Ratzinger suspendió la visita que tenía planeada a la universidad La Sapienza, de Roma. Tenía que pronunciar la Lección Magistral que inauguraría el año académico; y a los estudiantes les pareció que un hombre que había justificado la persecución de la Iglesia a Galileo no podía encargarse de una tarea como ésta.

La Conferencia Episcopal Italiana, entonces, sostuvo en su comunicado que el Papa había sido objeto de “intolerancia antidemocrática”. Y parece que hablaban en serio, a pesar de que apenas hace unos meses ese Papa había firmado la encíclica Spei Salvi, en la que sostiene, entre otras opiniones tolerantes, que la democracia es un error si no está acompañada de la Fe.

La encíclica es la reencarnación más reciente de un miedo ancestral de la Iglesia Católica: el miedo al laicismo. La Iglesia, y más aún la de Ratzinger, está convencida de que no hay moral fuera de la religión; en la encíclica leemos, entonces, que la Revolución Francesa es el momento en que se torció la humanidad, y nos enteramos de que ha conducido inexorablemente al estado de degeneración moral que vivimos hoy. En pocas palabras: todo eso de la democracia y sus derechos (todo el cuento de la libertad, la igualdad, la fraternidad; el cuento de los derechos del hombre) está muy bien, siempre que esa democracia sea católica. A Francis Bacon, uno de los primeros en sugerir la separación de Iglesia y Estado, lo considera poco menos que el fundador de un gran fracaso: el fracaso de la ilustración.

Como era de esperarse, la encíclica ha generado una especie de fervor apocalíptico en el mundo de la jerarquía católica, que ha seguido como rebaño (ninguna sorpresa aquí) el discurso antilaicista de este Papa integrista y preconciliar. Hace unas semanas nos enterábamos, por boca del obispo español García-Gasco, de que el laicismo mina la democracia; hace un poco más otro obispo llamaba a la resistencia contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía (una de las reformas laicistas promovidas por el gobierno socialista) diciendo, sin que se le moviera una ceja, que combatir esa asignatura era combatir el Mal. Y en Colombia el año 2007 se cerró con otro de esos diagnósticos terribles: el padre Alfonso Llano publicaba en El Tiempo una columna en que invitaba a sus lectores a volver a la senda de la fe para celebrar la Navidad, y lo hacía con un argumento que sería meramente ingenuo si en el fondo no fuera peligroso: la carencia de fe, eso que el padre Llano llamaba nihilismo, es el camino más seguro hacia el Mal. El Mal, claro, con mayúscula.

El ejemplo que usaba el padre Llano era el del estudiante finlandés que asesinó a varios compañeros antes de pegarse un tiro. El estudiante era una víctima del nihilismo, nos dice la columna del padre Llano: admiraba a Hitler y a Stalin, carecía de fe, y por eso mató. No voy a detenerme en recordar ahora que Hitler era un creyente convencido, ni voy a recordar que la palabra Dios aparece en varios de sus discursos; lo que importa es ese miedo a que la gente viva fuera de la religión, esa convicción de que el ateísmo lleva al mal y en cambio la fe nos pone en la senda del bien. El padre Llano finge ignorar que son precisamente los países laicos (donde el promedio de ateos es elevado) los más pacíficos de Europa, de Holanda a Suecia. Los más devotos del mundo son, en cambio, los que tienen una historia más sangrienta, de la España de los Reyes Católicos y la Inquisición al Afganistán de los Talibanes. Yo no recuerdo a un ateo que haya matado a otro ser humano por no serlo también; los creyentes que matan a quien no comparta su Fe, desde las Cruzadas al 11 de septiembre, pueblan la historia. Y entonces Ratzinger se queja de intolerancia antidemocrática. La ironía, por lo menos, es bonita.

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