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Entre la corrupción y la incompetencia

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Hizo bien El Espectador en publicar la lista de los congresistas que perpetraron la reforma de la justicia. Hizo bien, digo, porque la infamia que llevó a cabo este Congreso de incompetentes fue lo más parecido a un acto mafioso. Así es.

Como cuerpo colegiado, este lamentable Congreso se ha comportado en todo esto de manera fiel a su espíritu y a su tradición: como una mafia. No me tomo el símil a la ligera: según mi diccionario, el término nació hacia 1866 para referirse a las organizaciones criminales sicilianas, pero desde 1933 su significado se ha ampliado así: “Asociación secreta que sirve a intereses privados por medios más o menos ilícitos”. Salvo el adjetivo “secreta”, que uno cambiaría por “desfachatada”, “descarada” o “tristemente pública”, cada palabra queda como un guante. Ah, qué útiles son los diccionarios. Uno de ellos le vendría bien a Simón Gaviria, para que adquiera en las distancias cortas la difícil destreza de la lectura. Simón Gaviria, que leyó la reforma “por encima” y es cómplice por omisión de todo el engendro. Así se mueve el Congreso colombiano: entre la corrupción y la incompetencia, entre la frivolidad y la hamponería.

Por supuesto que la publicación de los nombres de los responsables no garantiza nada en Colombia, una democracia inviable donde la responsabilidad de la clase política es un concepto vacuo y sin sentido. A mí, desde luego, no me sorprendió encontrar entre los firmantes varios nombres ya conocidos de autos, y verlos allí sólo es la confirmación de que aquí en Colombia el ejercicio de la política carece de consecuencias. Cuando he dicho que la colombiana es una democracia absurda, me he referido a esto: a la tarea incesante de la poca gente sensata que una y otra vez tiene que subir la piedra a la montaña, y una y otra vez ve cómo los otros, que son mayoría, la vuelven a hacer rodar cuesta abajo. En ese sentido, los poquísimos lectores (se ve que por aquí eso de leer no pegó: vean a Simón Gaviria) de la lista tendrán que fijarse también en los que no están: el Polo Democrático y unos cuantos nombres más. El Polo, que tan maltrecho ha salido de la corrupción y la incompetencia de la administración Moreno y de la desorientación y poca fiabilidad de Gustavo Petro, ha ganado varias millas haciendo lo debido: apartándose de este adefesio. Pero tampoco es de esperar que su actitud honorable (qué desgastado está este adjetivo, si hasta se sigue usando para el Congreso) rinda algún fruto en las próximas elecciones. Para eso tendría que haber alguna relación entre la acción pública y los votos privados.

Ahora los conciliadores han sacado un comunicado para defender su indefendible comportamiento. El documento no tiene presa mala, pero me quedo con parte del inciso 2º. “En relación con las inhabilidades como causales de pérdida de investidura, la Cámara había aprobado su eliminación y las mayorías en la conciliación estuvieron de acuerdo con que se suprimieran. Los argumentos de quienes sustentaron la proposición, se concretaron en que los hechos constitutivos de causales de inhabilidad eran anteriores a la adquisición de la calidad de congresista y no tenían relación con su ejercicio funcional”.

Es difícil reunir mayor desvergüenza en menos palabras.

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