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Instrucciones para atravesar el Purgatorio, Los felinos del canciller

Juan Gabriel Vásquez
25 de noviembre de 2010 – 11:59 p. m.

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EL PURGATORIO LITERARIO. ASÍ se habla de los años que siguen a la muerte de un escritor, cuando sus libros parecen caer en el olvido.

Leer a quien ha muerto recientemente tiene por ello algo de homenaje, sí, pero también de combate ingenuo contra ese vacío. El domingo pasado se cumplieron cinco años de la muerte de RH Moreno-Durán. Por alguna razón me acordé esa misma noche, y pasé un rato en mi biblioteca abriendo sus libros y leyendo los subrayados que hay en ellos, y acabé recuperando unas notas que escribí sobre una de esas novelas poco después de muerto su autor.

Los felinos del canciller es la historia de tres generaciones de la familia Barahona, una estirpe de diplomáticos: el abuelo Barahona, don Gonzalo, médico desertor y fanático del buen hablar, creció durante esos años en que la política estaba en manos de poetas y los presidentes eran filólogos y gramáticos. Gracias a sus influencias, su hijo Santiago es nombrado Canciller, y su nieto Félix, incapaz de conseguir por propia virtud un cargo diplomático, recibe uno inventado a medida, carente de responsabilidad pero con todos los privilegios. Félix es una especie de oveja negra: tuvo que ser separado de su hermana cuando la familia se dio cuenta de que entre ellos había relaciones incestuosas; y, lo que es peor, nunca le interesaron las clases de griego. Y es con él que se abre la novela. Félix despierta un día de septiembre de 1949, en Nueva York, dispuesto a evocar la vida de su familia, pero sobre todo dispuesto a propiciar uno de los grandes comienzos de la literatura colombiana: “Como un salmón que salta desde la noche, así es el alba de Manhattan en los últimos días de verano, así es este casco de ciudad que sabe a sed y que en lengua india quiere decir Aquí nos emborrachamos”.

Así es: la cosa va de etimologías. Pues el gran tema de Los felinos del canciller, más que la crítica de la diplomacia —“el eufemismo elevado a razón de Estado”, leemos en alguna parte—, más que el auge y caída de una clase alta latinoamericana, es la palabra como herramienta de mando. En el mundo de los Barahona, dominar la lengua equivale a tener el poder; la decadencia de la familia comienza cuando Félix se vale del griego para insultar a sus vecinas sin que se den cuenta, o cuando, para burlarse de la afición de su mujer por las orquídeas, echa mano de la etimología y le explica que órchis quiere decir testículo. Por supuesto que todo el andamiaje filológico tiene también otra intención: ironizar acerca de aquel país “donde todos se precian de hablar mejor que Cervantes”. Y no es éste el único mito colombiano que Moreno-Durán echa abajo a fuerza de sarcasmos. Aquí aparece, ridiculizado más de una vez, el viejo lugar común de Bogotá como la Atenas sudamericana; aquí aparece la leyenda según la cual Don Quijote está enterrado en Popayán. Son los pequeños arribismos culturales de una élite desorientada.

En las Cien empresas de Saavedra Fajardo, libro predilecto de don Gonzalo, aparece una imagen que para el abuelo Barahona tiene carácter simbólico: un león reflejado en los pedazos de un espejo roto. Y ahora se me ocurre que eso es lo que nos ha legado Moreno-Durán: un lugar donde los colombianos nos veamos reflejados, con todas las grandezas, con todas las pequeñeces de nuestra idiosincrasia.

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