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HACE UN AÑO CUMPLIDO, EL CNRS de París me encargó la traducción de un documento sobre seguridad global, sobre la incapacidad de la Europa moderna para lidiar con los peligros que se ciernen sobre ella y sobre las nuevas reencarnaciones de la criminalidad internacional, agrupadas bajo un rótulo ominoso: “la cara oscura de la globalización”.
El terrorismo, sostiene la investigación, se ha globalizado; el problema es que seguimos enfrentándolo como si eso no hubiera sucedido. En nuestro mundo ya no hay amenazas independientes: las amenazas se han conglomerado, se comunican de forma directa o indirecta y sin embargo los Estados las siguen enfrentando como si se tratara de fenómenos aislados que responden a situaciones sociales distintas. Esa manera de ver el asunto, dicen los investigadores, es la mejor manera de perder la batalla. Porque todo está conectado.
A comienzos de esta semana, un año después de haberlo traducido, recordé el ensayo y volví a leerlo con una incómoda sensación de profecía involuntaria. Los periódicos de esos días traían dos noticias separadas que era imposible no relacionar: por un lado, el novelón sobre Chávez, la presencia de la guerrilla colombiana en Venezuela, las denuncias ante la OEA y la indignada ruptura de relaciones (única manera que encontró el presidente venezolano de enfrentarse a los cargos). Por el otro, las revelaciones —cortesía de Wikileaks, ese nuevo y curioso jugador en el partido mediático internacional— acerca de la relación, más vieja y más intensa de lo que suponíamos, entre el Irán de Ahmadineyad y el grupo terrorista Al-Qaeda. Los documentos, para quien quiera consultarlos, están en internet.
Lo de Chávez no debería sorprender a nadie, o es un hipócrita o un político el que se sorprenda: es verdad que recientemente llamó a la guerrilla a reconsiderar su estrategia armada, “porque el mundo no es el mismo mundo de los años sesenta” y porque “se han convertido en la principal excusa” para que “el imperio” pueda “agredir a Venezuela”. Pero también lo es que hace dos años la elogió y habló de “un proyecto político y bolivariano que aquí es respetado”. Paralelamente, los documentos sobre Irán hablan de los misiles que Al-Qaeda compró en Corea del Norte, previa mediación del régimen de Ahmadineyad. Éste, por supuesto, lo negó todo. Pero los documentos están ahí, y son elocuentes.
Nada de esto importaría si Chávez no fuera el aliado más fuerte de Ahmadineyad por fuera del mundo árabe. La alianza, claro, tiene buenas fundaciones: los dos regímenes comparten la obsesión antiamericana, los dos son populistas ramplones, los dos tienen un vecino incómodo (Chávez ha dicho que la Colombia de Uribe es el Israel de Latinoamérica, o algo así). Los dos pasan por un pésimo momento en las encuestas y los dos han ejercido la represión y la censura para mantener la oposición a raya. Los dos tienen una vertiente fanática: el fanatismo iraní viene de su naturaleza teocrática; el de Chávez, de su abusivo culto de un prócer, que llevó al ministro de Defensa venezolano a amenazar con retaliaciones si Colombia se atrevía a “violar el sagrado suelo del hombre más grande de América, el Libertador Simón Bolívar”.
Pero no seamos pesimistas: todavía Ahmadineyad no ha invitado a Maradona.