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La comunidad fracturada

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El asesino llegó a una escuela judía de Toulouse en la mañana del lunes, antes de que comenzaran las clases, y abrió fuego contra los que allí se encontraban: murieron tres niños y un profesor, y antes de que terminara el día ya se estaba hablando de las similitudes entre este ataque y los cometidos días antes contra tres paracaidistas militares.

Los paracaidistas eran de origen árabe: el asesino, se pensó entonces, debía ser uno de esos neonazis que pululan en la Europa de la crisis. Ahora sabemos que no es así: era un franco-argelino que se decía “muyahidín” y alegaba estar vinculado a Al Qaeda. Mató a los niños judíos, al parecer, en venganza por los niños palestinos; mató a los militares por pertenecer al ejército francés, que ha intervenido en países islámicos. Como en todos los crímenes racistas o religiosos, no mató a individuos: mató símbolos. Esto, más allá del dolor de las víctimas (que algo de sosiego habrán encontrado, pues el asesino ya ha muerto a su vez de un balazo policial en la cabeza), es lo que debe hacer sonar la alerta.

Mucho dependerá de la sabiduría —o la mera sensatez— de los políticos. Francia lleva toda esta semana preguntándose qué anduvo mal, qué errores se cometieron y cuándo, qué clima social ha permitido o tolerado o quizás producido la masacre de Toulouse, y se preguntará también cómo debe reaccionar la república ante el ataque. Pero es de desear que se pregunte también qué relación tienen los crímenes con el clima de racismo soterrado y de xenofobia que ha manchado las últimas semanas, las semanas de la campaña electoral: la xenofobia y el racismo que siempre han sido una bandera declarada del Frente Nacional, pero que el presidente Sarkozy, en un acto de grosero oportunismo, ha dejado entrar en su discurso (la intención obvia es la de quitarle algunos votos a la extrema derecha). Y esto es lo novedoso: la relación es indirecta y ambigua, pero está allí; no es literal ni inmediata, pero no debería por ello ser tomada a la ligera, pues una mirada a la campaña basta para comprobar que el discurso racista ha entrado en ella como hace tiempo no sucedía.

El Frente Nacional parece haber reemplazado su larga historia de antisemitismo por el antiislamismo de ahora. Que ha tomado visos ridículos, como suele suceder en campaña: la candidata Marine Le Pen declaraba hace unos días, sin vergüenza ninguna, que la presencia de musulmanes en Francia está obligando a los franceses a comer carne halal (es decir, conforme a los ritos islámicos); Sarkozy retomó el argumento días después y se preocupó por el hecho de que esos menús entraran en “nuestras” escuelas; y durante varios días la carne se convirtió en el centro de las campañas y, por supuesto, en un símbolo de algo más. El mensaje era evidente: los extranjeros, los inmigrantes, los otros, nos amenazan. Para decir esas cosas sin decirlas, para despertar miedo allí donde están los votos, están los símbolos. Sarkozy no los ha aprovechado menos que Le Pen. En eso, se ha puesto a su altura.

Ahora dice Sarkozy que “el terrorismo” no conseguirá “fracturar nuestra comunidad nacional”. Su reacción es la correcta, pero uno tiene que preguntarse si el discurso de la campaña no debería ser coherente con ella, y si Francia no debería exigirle esa coherencia.

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