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Las dictaduras del pasado

Juan Gabriel Vásquez
12 de septiembre de 2013 – 05:18 p. m.

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Me encontré el otro día con una de las últimas entrevistas que dio Julio Cortázar.

Ocurrió en Buenos Aires y en diciembre de 1983; el entrevistador era Martín Caparrós. Hablando de la situación política de Argentina, Cortázar recuerda la visita que hizo a su país en 1973, y de repente su voz (la voz que uno lee, claro está) parece llenarse con la tristeza de las oportunidades desperdiciadas. “Asistí al triunfo electoral de Cámpora y sentí una gran esperanza porque lo que podríamos llamar el ala izquierda del peronismo tenía gente muy valiosa, con planes y ganas de hacer cosas”, dice Cortázar. “A tal punto que pensé que ahí había una posibilidad, como la que tenemos ahora. Y entonces prometí volver ese mismo año, en septiembre”. Y luego se lamenta: “Pero quien volvió no fui yo sino Perón, y detrás de Perón vinieron López Rega y la Triple A”. López Rega, José de nombre, fue uno de los organizadores de la Alianza Anticomunista Argentina, un grupo de ultraderecha, terrorista y paramilitar, que secuestró, torturó y asesinó a la izquierda, dentro del peronismo o en la oposición. Es una ironía típicamente nuestra —típicamente latinoamericana, quiero decir— que López Rega lo organizara todo desde un cargo de nombre tan ecuánime: ministro de Bienestar Social.

Julio Cortázar no volvió en septiembre de 1973 a la Argentina. En París recibió amenazas: cartas que, según cuenta, lo desafiaban a venir a Buenos Aires. “Y entonces”, dice, “venir para que me liquidaran inmediatamente —cosa que estoy convencido de que hubiera sucedido— me pareció tonto, absurdo desde todo punto de vista, personal y político”. Se quedó en Francia, y desde Francia siguió los sucesos de Santiago de Chile en ese mes de septiembre del que todo el mundo está hablando en este momento. Y uno lee sus cartas de esos días y se encuentra con esa desazón. “He andado medio enfermo, y no hablemos de las noticias de Chile y tanta otra cosa que contribuye a llenarnos de amargura y melancolía”, escribe el día 15. El día 20 habla de ese mundo “que se cae a pedazos junto con los muros de La Moneda, el que tanto nos costará volver a alzar bajo cielos mejores”.

Ahora se cumplen cuarenta años de esos hechos que nos marcaron a todos. Porque los nefastos tiempos de los militares en el Sur forman ya parte de nuestro inconsciente continental: como las guerras civiles, son una herida abierta que todavía divide y polariza y cuyas víctimas están entre nosotros, por no hablar de los victimarios. Es un error creer que forman parte del pasado. Viajar por Chile y Argentina, hoy, es comprobarlo dolorosamente: no hace ni cuatro meses que murió Videla, y basta ver su itinerario de encarcelamientos y excarcelaciones —lo encarceló Alfonsín, lo indultó Menem, entró y volvió a salir en 1998 y entró definitivamente diez años más tarde— para darse uno cuenta de los fantasmas con que lucha el alma argentina. Por otra parte, hace cerca de un año que el Consejo Nacional de Educación chileno agarraba los libros de texto y cambiaba “dictadura” por “régimen militar”, y se quedaba tan tranquilo.

“El pasado nunca está muerto”, escribió Faulkner en ese pasaje de Réquiem por una monja que no me cansaré de citar. “Ni siquiera es pasado”.

Y el pobre ni siquiera conoció Latinoamérica.

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